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Cómo Internet nos cambia la capacidad de atender


“Ha cambiado la forma de leer. Ahora los mensajes son más cortos y se necesita describir menos y leer más rápido”, dijo Juan Luis Cano, miembro de Gomaespuma en el programa LA NUBE de La2 el día 3 de mayo.
Ciertamente, soy incapaz de leer algo profundo. Mi capacidad de atención cuando estoy visitando páginas web es muy limitada. Necesito multiplicar mis focos para que yo sea capaz de estar entretenido. La mala lectura en Internet se despliega también sobre el papel. Ahora ya no aguanto libros que no tengan párrafos cortos. Por eso los ‘best-seller’ triunfan aún más. Y si tienen sólo 200 páginas, mejor. Información centralizada, sistematizada, lista para consumir y libre de valores muy metafísicos. La superficialidad de nuestra vida actualmente no nos deja actuar ni recordar. Es más, apenas me quedo con datos cuando leo. Sólo atiendo a la globalidad. Mi cerebro filtra todo y se queda con escasos puntos. No importa. Nuestro discurrir pasa demasiado rápido y por pocos euros podemos obtener una amplia información. La sociedad de la información y la historia de la abundancia explotan nuestra paciencia. Es más, ya estoy tardando demasiado en terminar esta pequeña disertación. Hasta otra, lectores.

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La mala educación de los ‘movilnautas’


Somos unos verdaderos maleducados. Lo reconozco. Esto de tener Internet en el móvil (os habla casi un dinosaurio de la alta tecnología) provoca comportamientos totalmente inadecuados y con escaso sentido común.

Estoy cenando con dos amigos. De repente, me pregunto si mañana lloverá y lo normal es esperar al día siguiente, mirar en casa en el teletexto, chequearlo en el ordenador personal de casa o mirarlo en el periódico si lo llevo encima. Escojo la última opción y me doy cuenta de que en ese preciso instante estoy desatendiendo a mis dos compañeros de mesa, pero dentro de lo que cabe lo único mal visto que yo haría sería mancharme los dedos de tinta, porque en nuestro código social echar un vistazo al periódico no es tan malo. Sin embargo, como ahora tengo Internet en el móvil, lo segundo que hago es sacar el aparato de mi bolsillo y enciendo la aplicación de la web. Tardo unos 2 minutos en descifrar qué condiciones metereológicas se van a producir en las próximas 96 horas. Como soy bastante preciso en mi información, hasta mis dos amigos se animan a preguntar qué tiempo hará en Sevilla dentro de 5 días. El resultado es que he enganchado a mis dos amigos en mi acción, pero si no lo hubiese hecho, habría pasado de ellos durante esos dos minutos.

Por otro lado, fijaos en la escena siguiente, la cual me parece graciosa: estamos 5 personas discutiendo sobre si Spielberg dirigió o no una película. Unos dicen una cosa y yo digo otra. Como creo que yo estoy en lo cierto, “amenazo” a mi amigo a que ni se le ocurra llevarme la contraria, porque si lo busco en el móvil se quedará totalmente por los suelos.

¡El móvil sirve para desdecir a las personas en las conversaciones! Hemos perdido la capacidad de ser absolutamente ignorantes de un dato. Viva Internet en el móvil. En la siguiente entrada, os hablaré de las consecuencias negativas de esta costumbre nueva en mí.

Leopoldo Abadía: ganar dinero con libros sencillos


Sencillos, directos y pensados para el gran público. Con un lenguaje coloquial y honrado, Leopoldo Abadía (un ingeniero de 78 años) ha hallado la manera de conseguir popularidad a través del análisis de la crisis económica. La valoración de la crisis ninja fue un libro de verdadero éxito y los lectores que son consumidores de publicaciones de actualidad lo devoraron con la sensación de estar recibiendo la información clave para entender la realidad y para paliar su malestar.

La fórmula de ese texto, escrito cuando la crisis estaba más de moda en cada una de las portadas de los periódicos, continuó con “La hora de los sensatos” que me compré ayer y que estoy saboreando con el mismo interés que un ciudadano guiado por alguien al que se le ha concedido una legitimidad (cuanto menos) inesperada. Porque los argumentos de andar por casa de este pensador de nuestros tiempos pretenden ser grandilocuentes dentro de su humildad buscada. Nos presenta una conversación en su pueblo maño con un vecino y a partir de ahí surgen una serie de garabatos en servilletas que luego conforman un esquema publicable. La fórmula es rentable y la sociedad termina entendiendo que este Locke, Rousseau, Montesquieu o Kant de nuestros tiempos nos va a guiar hacia la salvación. Hasta él mismo bromea sobre ello en su segunda entrega (“Leopoldo for president”).

Cuando salga en bolsillo su tercer libro, probablemente termine yo sucumbiendo a los efectos del marketing, pero me quedo con la sensación de que sus proclamas no van mucho más allá de las de un ciudadano preocupado por la inoperancia de los políticos.

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