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Los puertos más duros que he subido hasta 2016 (6-10)


Después de una primera entrada en la que mostré lo más de lo más en cuanto a puertos afrontados por estas dos patas madrileñas, ahora toca deslumbrar a los sentidos con otros cinco monstruos que bien podrían estar en la anterior clasificación. Los detalles para haberlos descartado son muy discutibles, por lo tanto, nos centraremos en describirlos con la misma pasión con que los ascendí en su día.

6. Sierra Nevada por Hazallanas y el Collado de las Sabinas: En La Vuelta de 2017 es presumible que realicen el mismo recorrido que yo probé en marzo de 2016. Entonces había nieve y en septiembre de 2017 no habrá más que calor. Desde Güejar-Sierra se inicia un Angliru a más del 9% con algunas rectas que quitan el hipo entre árboles de monte medio. Cuando quedan dos km. para el cruce con la carretera general, la pendiente disminuye hasta recuperar las pulsaciones. Horner dinamitó La Vuelta en 2013 con un ataque inolvidable nada más empezar la ascensión. Ya que entonces no hubo una apuesta por reventar la carrera subiendo por el Collado de las Sabinas, quise comprobar de primera mano cómo se las gastaba la vertiente. ¿Resultado? Pulsaciones muy altas ya que el 8-11% constante de ese tramo es espectacular dentro de un pinar en receso por la altitud. Al llegar a los 2.100 metros, toca estar expuesto a todo (calor, viento, oxígeno menguante…) y los descansillos no son suficientes para mitigar el esfuerzo que se prolonga mientras que descartamos las bajadas a Pradollano ya que el objetivo es Hoya de la Mora, a 2.500 m., prácticamente donde paré ante la acumulación de nieve. Seguir hasta el Veleta se me antoja muy exigente, lo que convertiría esta ascensión en la número 1 de mi lista. Los casi 3.400 m. de ese pico serían una locura que se repite cada último domingo de junio en la Sierra Nevada Límite.

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7. Roque de los Muchachos: La Palma es el lugar del mundo que más me ha gustado. Lo conocí gracias a mi periplo por las Islas Canarias. Tres viajes desde 2013 hasta 2015, dos por trabajo y uno por ocio, siempre en una jornada. Sabiendo que mi etapa en Gran Canaria estaba llegando a su fin, decidí inventarme un viaje estratosférico: salida en sábado a las 7:20 de la isla canariona, llegada a las 8:10 a “La Isla Bonita”, recorrido en coche por el cono sur, alquiler de bicicleta en Puerto Naos en el sudoeste, trayecto de nuevo en coche de este a oeste por el centro de la isla, llegada a la capital para dejar el coche en el puerto y subida y bajada al puerto hasta entonces más alto que había intentado, el Roque de los Muchachos (2.428 m.). Todo en un día, ya que el vuelo salía de vuelta en ese sábado 6 de junio a las 21:00 horas. No sólo salió todo perfecto, sino que puedo decir que fue lo más espectacular que nunca he osado hacer. Iba yo solo. ¿Y si me hubiese pasado algo tanto subiendo como bajando? Daba igual. Era la oportunidad de mi vida. ¿Ir desde Madrid a La Palma con lo que cuesta sin ser residente? Imposible. Era el día ‘d’ a la hora ‘h’.

Me hizo un día soñado, con nada de calor asfixiante y sin subes. No había quien se lo creyese. ¿Del puerto qué puedo decir? Que fue una lucha por la supervivencia hasta cierto punto: tres zumos tropicales de 33 cl y dos bidones de agua para 44 km. de ascensión con sólo tres y medio de bajada… ¡Apenas me llegaron a pasar 20 coches en los 90 km. de recorrido donde no se encuentra ningún núcleo urbano ni restaurante! ¡Qué experiencia! Salí desde el nivel del mar hasta coronar la cima superando una pendiente media ponderada de más del 6%. ¡Y no es la vertiente más dura, la de Garafía! Como en el Teide que había ascendido en marzo de 2015, hay arboleda de pinar hasta los 2.000 metros y paisaje lunar al final. El Mirador de los Andenes a 2.200 m. marca el final del puerto en sí durante los primeros 32 km. antes del descenso que hace bajar la pendiente. Al no soplarme viento y al no sufrir de calambres, puedo decir que me dolió menos que el Teide y eso que es notablemente más duro. Cuando uno toma el último desvío, afronta una pared rodeado de roca volcánica mientras que va dejando a un lado los observatorios astronómicos que tanto emocionan a los amantes del universo. La fotografía que me tomaron arriba se la envié a mi abuela por su nonagésimo primer cumpleaños. “¡Felicidades a mi Chatita”, rezaba la dedicatoria. Fue el último aniversario de ella. Hoy en día el marco está en mi mesilla de noche.

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8. Teide (desde Santa Cruz de Tenerife): Estaba atareado y aburrido en Gran Canaria, como siempre. De repente, me vino la idea a la cabeza: ¿y si un domingo a la mañana cojo el barco de Las Palmas de Gran Canaria a Santa Cruz de Tenerife con mi bici dentro para subir desde la capital chicharrera el descomunal Teide hasta el teleférico a más de 2.300 m.? Sí, no me iba a salir un % medio de escándalo, pero en las alturas de marzo se iba a hacer muy duro. En un día de calima zarpamos mis padres y yo, alquilamos un coche en el puerto y tiré por La Laguna, La Esperanza y demás hasta alcanzar el Puerto de Izaña. En total son 46 km. al 5%. Habría que decir el típico “ahora vas y lo cascas”.

No había tramos de especial mención, pero poco a poco se iba ganando altura y las piernas empezaban a necesitar muchos plátanos (cuatro entraron en el estómago durante la ascensión). Desde los 2.000 metros la corona forestal que me acompañó desde los 1.000 desapareció dejándome en un paisaje lunar donde el viento pretendía tirarme. Una vez tuve que poner el pie a tierra justo cuando los calambres y una ráfaga me diezmaron a 2.100 metros. Coronadas las antenas del Puerto de Izaña a más de 2.200 metros de altitud, tuve que bajar, no sin peligro provocado por el dios Eolo, hasta el cruce con la carretera que asciende desde Puerto de la Cruz (posiblemente la vertiente más dura en cuanto a %) y me encaminé a superar el último tercera al estilo Aprica en Italia donde lo más importante no eran los porcentajes sino la altitud, el disfrute de los escenarios naturales y la no aparición de los calambres. A apenas dos km. del destino final, justo por delante de una patrulla de la Guardia Civil, mis dos piernas se pusieron de acuerdo para aguarme la fiesta. “¿Estás bien?”, me preguntaron los oficiales. “Sí, tengo que terminar”, respondí. Y eso hice tras una bajadita de un km. El último esfuerzo fue de unos 600 m. para llegar al aparcamiento del teleférico atosigado por un 12% postrero. Vi a un Sky que coronó mientras que yo posaba para las pertinentes fotos. Jornada inolvidable.

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9. Tourmalet (ambas caras): Cuando cumplí 30 años, decidí regalarme la ascensión al Tourmalet por las dos caras. No las acometí en el mismo día debido a su dificultad extrema y a su colocación entre la Quebrantahuesos y L’Ariégeoise. La experiencia fue más que óptima en 2014 y nunca se me olvidará. ¿Qué decir de la vertiente este de La Mongie? Que es más corta, más preciosa y más concentrada en su dureza que la de Luz, la cual es más escénica, más constante y más alpina.

Empecemos por la primera de las mencionadas. Hasta que no llegamos a Gripp no recibimos las primeras pendientes agudas entre un bosque majestuoso donde la niebla fue protagonista en su día. La bici se queda estancada y eso que estamos hablando de números entre el 8 y el 11%. Cuando aparecen las galerías, entramos en un valle imponente donde corre el agua y todo se abre, hasta incluso el maillot porque la exigencia es total. Cuando La Mongie se asoma, sólo las referencias visuales disminuyen algo el pesar sobre las dos ruedas y es justo después de esa estación de esquí cuando pensamos que estamos construyendo nuestra propia historia como casi cada julio vemos en TV. Las incesantes curvas, los prados verdes y las rampas que no quieren bajar del 9-10% nos acompañan hasta esa escultura en honor a Octave Lapize, el primer corredor que coronó estos 2.115 metros en 1910.

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Por el otro lado, el de Luz-St.-Sauveur, hay segmentos más y menos duros, siendo la zona de Barèges y los últimos tres km. los que más se hacen notar al superar el 10% de forma más acusada y rondar los 2.000 m. Lo más desolador es que desde los 1.500 m. ves todo el final de la ascensión y eso produce desánimo si vas muy tocado. Me parece una vertiente de desgaste, con carretera mucho mejor asfaltada y más ancha, y no tan decisiva como la de La Mongie. Los números no engañan y el coeficiente de dureza es superior en la primera vertiente descrita. Sea como fuere, es un lugar de obligado paso por todo cicloturista que se sienta maravillado por las dos ruedas.

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10. Plateau de Beille: L’Ariégeoise es mi prueba preferida aunque en 2017 seguramente no pueda acudir, rompiendo así mi racha de tres participaciones seguidas. El hecho de que cada año cambien el recorrido es un aliciente extraordinario. En 2014 y en 2016 la marcha acabó en la monumental ascensión de Plateau de Beille. No es la más bella, no es la más dura, pero siempre deja un poso de dolor en las piernas sobre un asfalto que quiere dejar rodar a la bici pero donde no hay un suspiro muy continuado. Desde Les Cabannes tomamos un desvío para subir a la estación de esquí donde encontraremos como una mesa de Ocaña (salvando todas las diferencias de verdor) y algún lago. Quitando el primer kilómetro y los dos últimos, la prueba es sinceramente mayúscula durante sus 16 km. Uno tiene la sensación de que el descansillo mayor será un 8% y que no hay que quejarse. Imaginaos llegar allí con casi 3.000 metros de desnivel en las piernas y con el calor o humedad típicos de esta zona exuberante en verano. No puedo garantizar que haya una zona más exigente que otras. Recuerdo que en la mitad hay un segmento de hasta el 14%, pero tampoco lo diferenciaría mucho del resto. Este puerto no está más arriba de la lista porque no tiene la suficiente altitud para destronar a ‘cols’ más sonados.

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