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Poesías (XI)


MORIBUNDO
Piel caliente, cuerpo muerto.
Alma sucia, espirítu…
Corazón… Cabello suelto.
Cinco noches de rocío,
las mañanas de albedrío.
Calles siempre inacabables
como el ruido de un destino
vivo y fértil, como un valle.
Atragantada melodía del mediodía,
hipnótica, atrevida, detallada armonía.
Entre los entresijos de la oscura encina
crece una ilusión fulminante como una vida.
Es la claridad que reparte alegría.
La alegría es una vela envuelta en llamas
si la verdad y la realidad
son tristeza, algo más: melancolía.

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Poesías (X)


REALIDAD (mayo de 2002)

Si encontrase una razón

para explicar todo mi pensar

me hallaría solo entre un mar

de ruidos y con la desazón

de no poder buscar mi fin.

Mi fin se resume en unos versos

mal trazados sobre el papel

y en unos imposibles besos.

Mi búsqueda de alguien más allá

de las simples convicciones.

Me condujo a un callejón lleno

de flechas y duras emociones.

Nunca llegué a conseguir eso

que cualquier ser humano

habría deseado desde nacer:

pedir la anhelada mano

de mi mujer, todo esplendor,

alegría y vitalidad,

con la que formar una unión,

para ser capaces de soñar

con las estrellas del firmamento,

lejanas en el denso cielo.

Tras esperarte de un viaje,

con el extraño recuerdo,

añoro aquellos días

cuando el mundo era un juego.

Allí la vida consistía

en escucharte y palparte

ese dolor mezclado con frío

temor a que el destino arrancase

de ti la enorme belleza humana,

que derrochas por cada rincón

de esta efímera y absurda existencia.

Sólo me queda la desilusión.

Ahora y siempre te recordaré.

[Puedo decir casi 9 años después que así ha sido]

Cuanto más trabajo, más suerte tengo


Leí hace poco que un entrenador que ha subido a la ACB con el Xacobeo, Moncho Fernández, dijo que cuanto más trabaja, más suerte tiene.

Es verdad que es aplicable a la mayor parte de los casos esta frase. Sin embargo, se trata de una regla con excepciones. ¿Quién no cree en la fatalidad? Es lógico que si uno no se prepara, las posibilidades de llegar a la meta son menores, pero cuando uno está muy cerca de un objetivo, la suerte interviene de modo inexcusable.

Por ello, yo soy un defensor de que los pesimistas son aquellos que tienen información y no creen en la suerte (o al menos no les ha sonreído como debía). La conjunción entre sueño y realidad es casi imposible, pero la unión entre esfuerzo y autorrealización es mucho más factible. Si tú das el máximo, no te podrás lamentar de que al menos no lo intentaste.

En definitiva, creer o no en la suerte nos hará ser más autocomplacientes o más trabajadores. Las segundas oportunidades suelen existir.

Parece una película, pero no lo es


Estaba yo de pie, muy cerca de la salida de Metro de Callao y próximo al Palacio de la Música (en obras), y me di cuenta de que el tiempo pasaba volando. Un semáforo se puso en rojo y 100 personas cruzaron a las 17 horas por ahí. En la calle había ritmo y sonidos que variaban desde lo cacofónico a lo armónico. Una mujer hablaba en una cabina telefónica. ¿No tendrá móvil ella?, me pregunté. Seguramente sí, pero sus tarifas serán caras.

Esta escena resumida en unas líneas parece extraída de una película española, pero no ha sido así. Nuestra vida se podría desplegar sobre una pantalla de cine y allí nos daríamos cuenta de que nuestra realidad no es más que una película irreal y que una película cualquiera se asemeja mejor a lo que concebimos como real.

La Gran Vía era un flujo de personas desplazándose de un lado a otro. Acompañadas o solas (como yo estaba, esperando a un amigo con el que había quedado de forma incorrecta y los dos nos esperábamos cada uno en un lado de la plaza de Callao), da igual, lo importante es que se percibía el fluir continuo de vidas con un sentido, con un interés concreto. Cuando falla ese interés, seguramente se postren en un banco nuevo que han posicionado los técnicos municipales en esa plaza de Callao, en el cual podría pasar horas y horas pensando sobre si merece la pena la vida que están viviendo.

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