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Los puertos más duros que he subido hasta 2016 (1-5)


Tras un viaje ciclista a Italia, varios a los Pirineos franceses y múltiples por España, he escogido varios de los puertos más duros que he subido como colofón a 2016, tras seis años de retomar mi actividad ciclista. He intentado no dejarme llevar por el dolor de piernas o por las penurias que pasé en las ascensiones. Por ejemplo, tengo muy mal recuerdo de Plateau de Beille, La Cubilla, Larrau y Ancares por Pan do Zarco pero he buscado alejarme de esos parámetros muy subjetivos y también objetivos, como son el coeficiente de dureza y los porcentajes medios. La altitud a veces impone más que un 11% a 1.000 metros…

Disfrutad la lista tanto como yo la disfruté y sufrí subiéndola:

1. Mortirolo: En la marcha Santini Stelvio de 2016 nos indicaron subir por la vertiente más baja y más descomunal del mítico Mortirolo. Creo que sobran los calificativos. 11 kilómetros al 11 por cierto y un km. final con hormigón rallado en el que tienes que poner pie a tierra si vas en grupo para soportar el 23%. Es una lucha por seguir adelante entre un bosque frondoso que apenas deja ver el valle. Sin duda, en la marcha me quedé totalmente vacío tras bajarlo. Fue un aguijón con efecto medido que los ciclistas del Giro probaron por vez primera en 2012. 

mortirolo

2. Stelvio: Sólo lo he probado por la cara de Bormio (la menos exigente), pero el coloso de 2.756 m. tiene un juez: los 2.200 metros. A partir de ahí, es cuestión de sobrevivir por el oxígeno renqueante y más si, como en la Santini Stelvio de 2016, lo afrontas tras 128 km. La parte inicial me recordó a puertos de Asturias como el Jitu de Escarandi, pero con carretera ancha. En http://www.altimetrias.net/aspbk/verPuertoW.asp?id=14 se puede apreciar cómo la clave desde el km. 15 no es otra más que sobrevivir a la altitud ya que no hay rampones, pero sí una ladera que vas surcando dejando el valle a la derecha (como el Jitu de Escarandi, precisamente). Ver cómo el final no llega es una sensación que se recrudece a más de 2.500 m. Además, la nieve acompaña hasta julio, lo que lo hace aún más precioso. Es la rúbrica especial para cualquier etapa que fue un mito en el Giro de 2012 cuando Purito no amarró la maglia rosa aún más ante el empuje de Hesjedal.

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3. Gamoniteiru: El coloso entre los colosos en Asturias. Ni Angliru ni Lagos ni nada. La combinación Cobertoria por Lena más carretera estrecha para vacas lo hace impresionante. ¡Más de un 9% en 15 km. y eso que hay descansillos! Sobran las palabras. Las rectas de la Cobertoria con buena carretera se pegan al superar los dobles dígitos y por la ausencia de sombras en verano. Después, hay incluso un tramo de hormigón en la carretera enjuta, momento a partir del cual uno siente que la gravedad le echa para atrás mientras que comprueba las preciosas laderas y los modelados kársticos donde pastan las vacas. Lo subí en 2014 después de descubrirlo gracias a Marce Montero en su web.

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4. Angliru: No sé si todo el mundo estará de acuerdo conmigo, pero el imponente rampón de Riosa no es el mayor infierno conocido en España. Eso sí, su 23% mandó mi pie izquierdo al suelo para mantener el equilibrio. El 34×28 no fue suficiente en ese momento a pesar de que no había lluvia ni estaba mojado. Casi todo el mundo conoce que es un puerto normal hasta Viapará y luego se convierte en un león muy fiero… a ratos. Hay momentos en los que hasta se va con buena cadencia si las pendientes se mantienen del 10 al 12%, pero las rampas más conocidas son las que sientan cátedra (Les Cabanes, Cobayos y Cueña Les Cabres), dejándote clavado y con la sensación de que descenderlo acarreará su peligro. Es uno de los puertos que uno debe visitar alguna vez y la combinación con Cobertoria más Cordal es suficiente para desarmar tu ácido láctico y preparación física. Son 7 km. donde tu resistencia y tu fortaleza mental te ponen a prueba, pero si se proyecta un punto de tranquilidad sobre la bici, se supera.

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El punto de pendiente máxima en la Cueña Les Cabres.

5. Pico de las Nieves: Quizás yo no sea justo con la majestuosidad de sus más de 1.800 metros de desnivel, pero aún la alta competición no nos la ha enseñado en su totalidad y no sabemos si los ocho km. impresionantes desde Pasadilla (o “Pesadilla” para los cicloturistas) hasta y después de Cazadores son tan decisivos como aparentan sobre el papel. En alguna pendiente parece que la bici no rueda, pero siempre aparece un mínimo descansillo del 10% que nos abraza, lo puedo asegurar después de haber ascendido tres veces por esta trampa en mis más de tres años de idilio grancanario. Tras unos 10 primeros km. que no son más que un puerto de primera al 6% desde Carrizal pasando y jadeando por las rectas de Ingenio, llegamos a Pasadilla para sufrir en nuestras carnes el 66% de un Angliru en 4 km. de primer nivel. Al llegar a Cazadores estamos a 1.200 metros de altitud y desde entonces hay terreno para sudar con pendientes punzantes por encima del 10% y alguna bajada salvadora sobre todo en la preciosa Caldera de los Marteles y en los tramos finales. Tomado el último cruce a 1.850 m., sólo es cuestión de dejarse llevar hasta las antenas y el quiosco donde nos avituallaremos de todo lo necesario. Si lo subes con nieve, el disfrute es mayor, como me ocurrió en febrero de 2016. Hay múltiples vertientes: desde el sur por San Bartolomé; desde el oeste por La Aldea tomando dos variantes (la más al sur podríamos considerarla como la carretera más peligrosa y puntiaguda de la isla); desde cualquier carretera del norte, desde Las Palmas por San Mateo; o desde Telde, la cual es un calco a la de Cazadores ya que se junta en esa diminuta población, sin embargo es un poco menos exigente aunque tenga la misma pendiente media al no contar con ese mini Angliru, sino con tramos más parecidos a un Larrau hasta Cazadores.

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Una de mis múltiples conquistas con el norte de la isla al fondo.

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Sobre la muerte y la bici


El ciclismo es un deporte de altísima exigencia y con un riesgo muy importante. Cuando yo era corredor de cantera (en infantil y en cadete) me daba pavor ir en un grupo (o pelotón). El problema era que cualquier frenazo provocaba un momento de tensión que podía llevar a una caída y entonces te podías hacer un raspón, contusionarte o romperte la clavícula. Por eso, yo iba siempre en la parte trasera, ya que ahí podía ver con mayor tranquilidad todo lo que pasaba por delante. Lo malo de esto era que me descolgaba con facilidad ante cualquier arreón y a mi director, Pablo Solana, no le hacía mucha gracia. Hasta mis últimas carreras no perdí el miedo a ir en la cabeza y fue por una amenaza.

Cuando me tocaba descender, perdía numerosas posiciones que siempre ganaba subiendo (con 1.75 metros entonces subía mejor que bajaba, contradictorio). Cuando veía que llegaba una curva, la tomaba con precaución porque estimaba que el hostión podía ser monumental. Cuando tocó decidir entre entrenar 3 horas y estudiar otras 7 en Bachillerato, me decanté por lo segundo y abandoné la bicicleta a finales del año 2000.

Debido a un empuje personal, en 2011 retomé la práctica del ciclismo y cuando ya acumulo 1.000 kilómetros en 2 meses y algunos días oigo y veo la noticia de que el belga Wouter Weylandt ha fallecido descendiendo un alto de escasa entidad pero muy quebrado y peligroso (sin señalizar adecuadamente según comentaron algunos ciclistas) en el precioso y brutal Giro de Italia de 2011. El domingo yo recuerdo cómo alcanzaba los 68 kilómetros por hora (no es excesivo) en una recta bajando el Alto de Campadales hacia Horcajo de la Sierra. Entonces yo pensaba que un bache me podía llevar hacia una lesión importante o hacia algo peor. En ese momento sólo experimentas una sensación de emoción y de tensión que te impide valorar las consecuencias. El ciclismo es un deporte muy sufrido y estas circunstancias mortales en competición no dejan de magnificar a una profesión que otras personas como yo se la toman como un ocio y que pueden resultar fatales si no se tiene un mínimo de cuidado, sea o no en la alta competición.

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