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El entrenador como conjunción


Ver dirigir a Obradovic da gusto independientemente de que a veces exagere sus gestos y su comportamiento. El Panathinaikos quería ganar la Euroliga a partir de los cuartos de final (le dio igual ser segundo en el Top 16 y jugar con desventaja de campo ante el Barcelona en cuartos) y en cada encuentro se vio que el técnico serbio controló todos los aspectos. Si había que meterse con los árbitros se hacía (hasta a 4 segundos del final y con una ventaja holgada en la Final contra el Maccabi) y los azulgranas también saben de eso mucho. En el primer partido el PAO salió perjudicado y en el segundo las tornas cambiaron radicalmente. Si había que confiar primero en unos jugadores y luego en otros, se ponía en práctica. Si había que rotar con 10-11 durante la temporada y con 8-9 en la final, se ideaba. Si había un base más rápido que Diamantidis (Pargo), no pasaba nada: a hostia limpia y a provocar penetraciones continuas del norteamericano para estamparse contra los interiores.

La defensa zonal contra el Barcelona bloqueó al equipo de Pascual en cuartos y el Siena no supo qué hacer contra una individual durísima en semifinales. A pesar de la desventaja física, la mayor entereza de los veteranos del PAO diezmó a los atrevidos pero unidimensionales jugadores interiores del Maccabi.

En definitiva, Obradovic será un ejemplo vivo de táctica para los futuros entrenadores si es que no lo había sido antes. Su octava Euroliga y su 8/9 en finales de la máxima competición le avalan.

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La motivación viene y se va


Resumen: no existe la motivación duradera y por ello los grandes se dejan llevar y pierden. Además, la historia y el dinero no ganan partidos.

Hace poco me dijo un gran entendido del baloncesto que la motivación no es la misma cuando se juega ante un equipo inferior que ante uno superior o cuando hay algo en juego o no. Esta frase lógica la remarcó al compararla con la labor de un periodista: no es igual la repercusión de una F4 de la Euroliga que la de un partido de Liga Femenina (con el debido respeto a esa competición) y por ello el periodista no realizará el trabajo con la misma inspiración ni ilusión.

Sin embargo, existe un pensamiento por el cual los profesionales de un club grande siempre deben dar el máximo nivel jueguen contra quien jueguen. Por eso cobran más que el resto de jugadores. Esto no sólo lo exige el entrenador de turno, sino que también lo solicita la afición que acude al pabellón o que sigue el encuentro por televisión. Los jugadores normalmente se defienden con la premisa de que los contrarios siempre se crecen contra los fuertes y que para ellos es un partido en el que no tienen nada que perder. Además, surgen excusas de los entrenadores del tipo ‘nos esforzamos mucho en un partido y en este hemos acusado el cansancio’ o ‘se notaron las bajas’.

Sea como fuere, lo que hay que valorar no es tanto la palabrería de los fans, de la prensa y de los emisores de excusas, sino la motivación extra que hay que añadir siempre por parte del cuerpo técnico y de la plantilla de los conjuntos fuertes ante un encuentro asequible o sin tensión. Lo de ‘no hay un rival pequeño’ no me lo creo al 100% y sí creo que no hay una motivación duradera. Aun así, la presión de un equipo grande es enorme y sólo los superclases llegan alto porque soportan la tensión. Deben darse cuenta de que si la prensa les llama o si los aficionados les vigilan es porque, además de cobrar un gran sueldo (comparado con el de la mayoría de los mortales), se supone que son capaces de afrontar las crisis, de arrollar a los modestos y de, como mínimo, competir de tú a tú contra los poderosos. Por eso, guste o no guste, se exige tanto a equipos como el Madrid o el Barça. Otro tema diferente es que la historia y el dinero no ganen títulos…

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