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Se acercó (Epílogo)


–         ¿Hasta qué punto eres capaz de incluir un sueño dentro de otro sueño y recordar todo lo que te ocurre?

La cuestión llegó a los oídos de Roberto de forma clara. Sin embargo, la respuesta que debió elaborar ante el psicólogo no se podía resumir en una sola sentencia. Era mucho más complejo de lo que parecía. Roberto había contado toda la historia de una chica llamada Marta que se hallaba al borde de un precipicio y cómo él mismo no recordaba el modo en el que había llegado a esa situación. Le detalló que dentro de ese sueño había otra esfera que aumentaba su desconcierto. Se trataba de la explicación de por qué estaba en ese valle: se había muerto después de una serie de golpes del asesino de su pareja en una calle.

–         ¿Temes que algún día le pase algo?- inquirió Luis, el experto en los pormenores de la mente que había visitado Roberto desde hacía más de 15 años.

–         ¿A Laura? ¿Y quién no se preocupa por sus seres más queridos?

–         Sí, llevas razón. Pero eso te angustia. Si no fuese así, nunca soñarías con que tu mujer resulta degollada en un baño de una discoteca. Además, insertas a tus amigos sin ningún pudor y les pasa algo.

–         Sin embargo, lo más intrigante es el hecho de que casi cada madrugada creo un sueño principal y uno secundario y luego me acuerdo perfectamente de él, incluso dos días después, como es este caso. ¿Sabes cómo voy a llamar a esta serie de sueños consecutivos? ‘Se acercó’.

–         Muy ilustrativo, sí. Se acercó a ver a su mujer y estaba degollada. Se acercó al asesino y le pateó. Se acercó a salvar a una suicida y ella se tiró por el peñasco- analizó Luis.

–         Quizás sea demasiado estudioso de mi vida. Quizás tema que me deba morir algún día. Quizás yo crea que haya un destino que me aprisiona. Con mi edad no me debería preocupar. Además, mientras que estoy soñando soy capaz de crearme una personalidad diferente. Soy capaz de reinventarme y de autoconvencerme de ciertas cosas.

–         Ya lo he escuchado. Dijiste que tienes dos niños, cuando sólo has tenido a Marta, ya que tu mujer abortó por desgracia.

–         Marta… Es verdad. Curioso que diga el mismo nombre que la suicida. Lo único es que ella decía que tenía una hermana y ahora mismo mi Marta es hija única. ¿Eso significa que mi Marta se suicidará y que tendré otra hija? ¿Que me escribirá su testamento y que se suicidará dentro de 20 años cuando un tal Juan la torture y no la quiera?

–         No debes casar todas las piezas de tu puzzle. Lo último que debes hacer es pensar que tu vida no tiene sentido. Recuerda lo que tienes: una hija, una maravillosa mujer y un trabajo que es estable. En España ser funcionario indica estabilidad, aunque te quiten un 5% en 2011.

Sonrió Roberto. No era para menos. Vaya medida que habían impuesto la Unión Europea y Estados Unidos a España.

–         Creo que lo que debo hacer es cogerme una baja.

–         No te lo permitiré. Debes esconder tus miedos con el amor de tu familia. No vas a suicidarte, tu mujer no será degollada por un hijo de puta y tu hija no se tirará por un precipicio. Lo único que ocurrirá es que serás padre por segunda vez. ¿Cómo está Laura? ¿Sigue fértil, verdad?

–         Por supuesto- contestó.

–         Entonces tienes todo ganado. Confío en ti y debes confiar más en ti. ¿Por qué no te apuntas a un gimnasio y practicas deporte? ¿Por qué no te metes en un equipo de liga municipal de baloncesto?

–         Lo haré. Gracias por tu ayuda, Luis. Mis 30 euros gastados por cada visita a este despacho no son una carga pesada. Cuando salgo me quedo mejor que cuando entro.

–         Un placer, como costumbre. Da un beso a Laura y a Marta de mi parte.

Se acercó (IX de X)


Toqué la parte trasera de mi cabeza con mis dedos de la mano derecha y supe distinguir la diferencia entre la sangre y el sudor. Lo que había en mi coronilla era sangre. No parecía que me hubiese abierto la cabeza, pero sí me constaba que había líquido espeso y rojizo en la parte trasera de mi cráneo.

Me había secado durante mi pernoctación en el húmedo suelo cubierto por una manta de césped joven. La claridad volvió poco a poco a ese valle y comenzó a llover con intensidad. Maldije a los antepasados de los creadores de las nubes y comprobé si Marta continuaba allí o había descendido como un murciélago por la escarpada roca. No la vi.

– ¿Marta? ¿Sigues ahí?

Ninguna respuesta. Sólo faltaba que me hubiese quedado solo en aquél asqueroso lugar del mundo imaginario o real y que no supiese dónde había una salida.

– ¿Marta? ¡Contesta!- insistí. – Estoy aquí.

Se levantó de la superficie del peñasco.

– ¿Todavía sigues por este lecho de muerte?

– Qué poética te pones cuando intentas perder tu vida.

– Te diré la verdad, Roberto. Tú ya has muerto. Yo estoy aquí porque no pude terminar lo que quería hacer en la vida real.

– ¿Estamos en el limbo, en el infierno o en el cielo?- pregunté.

– Estamos, que no es poco.

– No alucines, Marta. Estoy hasta los cojones de ti. Si fuese verdad lo que dices, lo único que podrías hacer es desaparecer de mi vista.

– ¿Realmente lo deseas? Es lo contrario de lo que me dijiste ayer cuando me viste por primera vez. Verás cómo me voy a tirar.

– Eres anormal. Si te tiras, no lloraré. Ya me das igual.

Y ella se cayó desde el peñasco. De una vez por todas. No había posibilidad de que un objeto detuviese el trastazo que se dio. Gritó de dolor durante un minuto, más o menos. Se había fracturado el cráneo porque aterrizó prácticamente de cabeza. ¿Por qué había presenciado esa situación yo? ¿Por qué la había auspiciado? ¿Por qué no me quitaba de en medio como había hecho ella? Al menos ella había afrontado su mala suerte. Intenté reanimarla con toda mi buena intención pero me cercioré de su muerte cuando sus pupilas estaban persistentemente dilatadas. ¡Qué horror! Mi mujer primero y Marta después. Su rostro se asemejaba. Falta de luz, ausencia de brillo y abundancia de inexpresividad.

Ahora sí. Estaba solo en aquel terrible lugar. El viento aulló aún más. Me echó para atrás la fuerza de ese elemento divino. Tras recuperar mi equilibrio me dispuse a leer el testamento de Marta con lágrimas en mi demacrado y sucio rostro.

“Debido a la desdicha de mi vida, decido ir a un lugar donde nadie me encontrará jamás. Las venas de mi muñeca se romperán para que fluya la sangre de mi amor. Todo quedará para mi hermana y para mis padres. Añado todo mi cariño hacia ellos. Tanto si me encuentran en el cielo o en el infierno, sólo espero que sepan sonreír cuando recuerden mi nombre. Espero encontrar en un mundo lejano lo que no pude ver en mi vida: un hombre bueno y que sepa entenderme. Ojalá no me engañen ni me torturen en el paraíso”.

Tristes palabras de una mujer que había probado el desamor. Nunca conocí más detalles de esta chica que me incordió durante esas horas.

Mi siguiente pensamiento fue el de tirarme por la cascada. ¿Total? ¿Para qué luchar si yo era consciente de que habían degollado a mi mujer y que yo había fallecido en la vida real? Además, si todo esto era un sueño, ¿por qué no acaba con él? Corrí con toda mi velocidad hacia la cascada y caí.

Se acercó (VIII de X)


La adrenalina de mi cuerpo se puso a funcionar a toda máquina. ¡Había muerto mi mujer! ¿Era un mal sueño que estaba teniendo y que, por consiguiente, tenía dos capas: la de la situación con Marta en el valle y la del asesinato de mi mujer? ¿La realidad era lo que había sucedido a mi mujer y yo deambulaba en un mundo irreal cerca del peñasco? ¿El mundo aparentemente irreal y apartado era real y lo que había recordado de mi mujer se trataba de una ensoñación? ¿Qué me estaba pasando? ¿Cómo podría hallar una respuesta? Sudé, jadeé y me puse tan nervioso que me mareé y perdí el conocimiento (¿sólo ahora había perdido el conocimiento?).

No sé cuántas horas pasaron mientras que yo estuve tendido sobre el suelo natural del valle. Era madrugada cuando yo recuperé mis cinco sentidos. El sonido de la vegetación de ribera movida por el silbido del viento me despertó y ya no chispeaba. Aun así, yo estaba totalmente mojado.

Me incorporé y sólo una débil luz de la luna me guió a pesar de que el cielo se hallaba parcialmente nublado. Eché mano a mis bolsillos para palpar el móvil, pero no pensé previamente que si yo seguía en aquel valle era porque no había utilizado mi celular. ¿Y por qué no había utilizado mi móvil? Porque no lo tenía. Alguien me lo habría robado o quitado desde que percibí que yo estaba en el valle.

Decidí retomar mis últimos recuerdos. ¿Por qué había muerto mi mujer? Ya sabía que la sangre era de mi mujer, pero ¿yo había buscado al asesino? ¿Cómo pudo escapar el agresor? ¿Qué cuentas pendientes tenía con mi mujer? La primera información que recibí a través del nuevo recuerdo fue que la ventana situada más arriba del retrete estaba abierta. Sus dimensiones podrían bastar para que una persona delgada se largase a través de esa apertura. ¿Fue realmente así? Por supuesto. Y yo usé esa salida para perseguir al malhechor. ¿Se hallaba cerca? Relativamente. La rendija daba a un callejón oscuro y que parecía una cloaca más que otra cosa. Casi en la esquina del final de la calle, vislumbré una sombra y un cuerpo que aguardaba mis siguientes movimientos.

– ¡Hijo de puta!- grité.

Desapareció por la calle perpendicular y yo me dispuse a correr como un desalmado para agarrar su cuello y ahorcarle. ¿Lo conseguí? Así es. 200 metros después tiré de su cabello y ante mi fuerza, se cayó al suelo. Intentó soltarme un navajazo en la pierna derecha, pero lo peor fue que me tropecé y di de bruces sobre el asfalto uniforme. La persona (no distinguí si era hombre o mujer) pateó la parte lateral de mis lumbares y me golpeó en la cabeza. Entonces, comenzó este estado de dudas que me estaba perturbando en el valle. Sea como fuere, yo estaba inconsciente o muerto y mi mujer no iba a vivir para contar mi recuperación. Ni yo iba a sobrevivir para relatar mi extraña experiencia con Marta. ¿O si?

Se acercó (VII de X)


Eché la vista hacia el frente y me di cuenta de que una tímida claridad se podía divisar. Eso significaba que el oeste estaba en aquella dirección. Me di la vuelta y percibí que el este estaba casi oscuro. Además, si Marta no se hubiese movido hacia su derecha, no la habría distinguido en ese lienzo negro que tenía ante mí.

– No tenemos tiempo. Debes descender ya- la ordené.

– ¿Y a cambio qué me darás? ¿Felicidad?

– No lo sé. Sólo te comento que buscaremos una salida.

– Prefiero permanecer aquí- me contrarió.

– Perfecto. Hasta aquí ha llegado nuestra relación. Voy a encontrar un sendero que me lleve hacia el oeste. Encantado de haberte conocido.

Me di la vuelta y encaré un camino que me llevaría hacia el sufrimiento. Aunque, ¿acaso no llevaba un rato sufriendo? Posiblemente yo ya había pasado ese umbral del padecimiento. Anduve unos metros hacia la cascada con la intención de escudriñar algún risco en esa caída o algún árbol que me sirviese de colchón. Había una serie de riesgos que podría tomar, pero por otra parte también barrunté sobre otra alternativa. ¿No sería mejor que me quedase en ese maldito valle y esperase a que el amanecer me iluminase? Además, no hacía frío, circunstancia que me indicaba que estábamos en un período primaveral, estival u otoñal (este último, recién comenzado). La sensatez reinó en mí y me senté sobre la ladera opuesta a donde se hallaba Marta, aunque ella no se percató de mi decisión.

Recuperé de repente la capacidad de recordar. La película de mi memoria se inició en la puerta del baño de señoras. Una fila ordenada de mujeres esperaba que las usuarias previas saliesen de los retretes. Cada vez que se abría esa entrada se podía contemplar a algunas señoras retocando sus párpados y cejas maquillados. Pasaron los minutos y mi chica no abandonaba el lugar. Me empezó a extrañar, pero preferí evadirme de esa preocupación y yo entré en el de caballeros. Poco después de ese hecho, en la habitación próxima sonó un ruido seco. Al minuto regresé al de mujeres y había una marabunta de féminas que se habían apelotonado en la puerta. “¿Qué pasa?”, pregunté. “Una mujer se ha desmayado y tiene sangre en su cabeza”, me respondieron. Mi reacción impulsiva me hizo entrar en el interior del servicio y pude confirmar lo que me habían descrito. Laura estaba tendida en el suelo, muy cerca de un inodoro. Presentaba sangre en su cuello. Había sido parcialmente degollada.

Se acercó (VI de X)


La sangre. Debía proceder de algún encontronazo con alguien. ¿Con quién? Hasta ahora he aportado escasos detalles de mi vida, pero comenzaré a enunciar y a explicar algunos y así comprenderé por qué alguien me ha impregnado sangre sobre los pantalones.

Soy funcionario en una comisaría de Madrid, exactamente del barrio de Hortaleza. Llevo trabajando allí desde hace 10 años y me saqué las oposiciones después de suspender dos veces de forma clara. A la tercera me concentré en no fallar otra vez y por ello conseguí un nueve y medio, la mejor nota de la promoción.

Sobre mi vida privada, tengo que decir que estoy casado con Laura y tengo una niña de 6 años. No os lo dije: cumplí hace poco 32. Vivimos en un barrio al oeste de Madrid que se llama Carabanchel. No es una maravilla, pero si uno pasa de los demás y no se mete en líos, la convivencia con los diferentes colectivos de inmigrantes es plácida. Laura abortó en nuestro primer intento de traer al mundo a un hijo. El feto murió al mes de concebirse. Ella me echó la culpa de mi supuesta incapacidad para fecundarla satisfactoriamente y esto me obcecó. Asistí a algún especialista, mas siempre se me aseguró que yo era fértil. ¿Ella era la impedida? No. Simplemente no funcionaron nuestras semillas para lograr la meta. El destino, lo que dirían algunas. Un año después, nació nuestra Marta (qué curioso, se llama igual que la suicida), una chica totalmente sana y que en sus primeros años ha demostrado dotes para los estudios y para la música (ya toca el violín, qué dulce cuando la veo con ese instrumento).

Mis padres viven, son relativamente jóvenes. Mis suegros también. Todo en nuestra familia marcha bien. Nunca hemos necesitado un préstamo de ningún banco y hemos podido solventar la creciente inflación de España.

Quedo con mis amigos de la facultad (por cierto, me saqué la diplomatura de Magisterio de Música, pero no llegué a ejercer porque me di cuenta de que no era capaz de enseñar sin utilizar onomatopeyas insulsas) y con ellos descubro que todavía soy un chaval. Nos montamos unas juergas los viernes por la noche… Incluso me ha tenido que buscar mi mujer por las calles del centro de Madrid alguna madrugada porque eran las tres y todavía no había aparecido por casa. Tonto de mí… Mi mejor compañero en los bares es Martín, o mejor dicho, Luis Martín, pero todo el mundo le llama Martín. Cuenta unos chistes al estilo andaluz que me dejan sin respiración. O son insufribles o me causan lágrimas en los ojos. Él no está comprometido con ninguna chica, mejor para él. Sabe que a sus 34 años aún tiene la vida por delante.

¿Es de alguna de estas personas que he nombrado la sangre que mancha mis tejanos claros? No creo. Es más, voy añadiendo más apuntes a mi memoria. Lo último que recuerdo es que estaba en una fiesta de viernes por la noche. Era fin de año. Todas los vecinos de nuestra comunidad (somos 6) habíamos salido a celebrar el cambio de década. Habíamos elegido el “Perfumes”, una discoteca donde sólo se escucha salsa latinoamericana, para bailar hasta el amanecer. Mi mujer había ido al baño porque se encontraba indispuesta y yo la acompañé hasta la puerta de entrada del cuarto de señoras…

– Te voy a decir por qué dejé las gafas en esa bolsa-voceó Marta a unos 20 metros de mi posición, cada vez yo más cerca de la cascada.

– Dime por qué- la pedí cabreado.

– Porque quería que se las quedase mi hermana. Son muy caras y ella tiene la misma graduación que yo. Además, ella está sin sustento económico por la culpa del miserable de Juan- se explicó.

– Curioso. Y la hoja de papel? ¿Qué hay escrito?- me interesé.

– Es mi testamento. Mi última voluntad. Si quieres te lo predico. No se me ha olvidado desde que lo redacté hace una semana.

– Me parece genial. Aguarda un minuto. Voy a ver cómo es la cascada.

La caída del agua no era tan espectacular como me había imaginado. Entre la luz desvanecida por la entrada de la noche y el escaso caudal que arrastraba la corriente, apenas se oía el estruendo. Eso sí, la distancia desde el borde donde yo me hallaba y el suelo de más abajo debía de sobrepasar los 30 metros.

– ¿Por qué quieres que me tire desde aquí? ¿No crees que te debería acompañar un poco más, Marta?

Se acercó (V de X)


Desconcertado al máximo. Restregué mis ojos para intentar ver con mayor claridad, si es que antes alguna partícula estaba impidiendo mi comprensión visual. Decidí rebobinar los acontecimientos hasta el principio y para ello me dispuse a interrogar otra vez a una ya vidente Marta.

–         Necesito recapitular contigo, Marta.

–         No lo hagas. Déjate llevar por la gravedad.

–         Difícilmente lo podría hacer. Ahora mismo no hay un precipicio debajo de mí, al contrario de lo que te pasa a ti.

–         Desde aquí se otea nuestro alrededor mejor. Detrás de ti, bajando por este riachuelo tienes una especie de cascada por donde te podrías tirar y así me dejarías en paz de una vez- me aconsejó ella con una sonrisa malévola y poco amistosa.

–         ¿Por qué me quieres fuera de tu entorno? No creo que te entorpezca demasiado. Si te quieres tirar ahora mismo, adelante. Es tu decisión. Yo te quería contrariar para que no hubiese un cadáver a mi alrededor- solté con un mal humor creciente.

Mis últimas palabras tuvieron un efecto opuesto al que pretendían. De nuevo se pudo comprobar que la mentalidad de algunas personas, en este caso de una mujer, podría funcionar mejor si se hablaba en clave negativa que si se edulcoraban los acontecimientos. Tras mi pequeño discurso, Marta observó que si daba unos pasos hacia delante y se acercaba hacia el abismo, no habría alguien debajo que sintiese remordimientos por su acción. Ese pensamiento la consternó más de lo que yo había previsto y por ello otra vez determinó que la opción más sensata era sentarse sobre una roca musgosa que se había dispuesto en la parte izquierda del peñasco. Allí, ordenó sus planes inmediatos durante un minuto mientras que los tímidos rayos del sol que entraban con disimilo por la parte donde descendía el arroyo se eclipsaban debido a las nubes que descargaban lluvia por el lado opuesto y a la noche que casi se había adueñado de nuestro ambiente.

–         ¿Qué decides entonces? ¿Te tiras o no?- sonó de mi boca cuando ella llevaba unos segundos con el codo derecho posicionado sobre su rodilla diestra y con sus dedos mesando su cabello largo y castaño.

–         Déjame. ¿Cuántas veces te lo he de repetir?

Como ella seguía en sus trece, yo quise investigar si en realidad existía una cascada por el riachuelo formado por las precipitaciones. No había avanzado más que diez pasos cuando una luz se encendió en mi mente y empecé a atar cabos sueltos. Alguien me había abandonado en ese valle de umbría. ¿Quién? ¿Un amigo? ¿Mi mujer? ¿Mis dos niños? ¿Un compañero de la comisaría? ¿Un secuestrador? ¿Dios? No, este último no podría haberlo llevado a cabo porque no estoy seguro de su existencia. Soy agnóstico.

Además, alguien me había producido una herida o me había impregnado su sangre o la de otra persona sobre el pantalón formando un círculo de líquido asqueroso y desagradable. Hurgué por debajo de los pantalones y como no alcanzaba mi objetivo a la altura de la rodilla, me bajé esta prenda hasta los tobillos. No había ningún rastro de una herida superficial. Qué extraño. ¿Habría alguna explicación razonable a ese hecho? No fui capaz de descifrarlo en ese instante. Nuevas ideas y preguntas no cesaron a aparecer. ¿Había fallado mi vida para sentirme así de desconsolado? Debía organizar mis experiencias para lograr una respuesta convincente. Fui punto por punto.

Se acercó (IV)


–         Bien, lo primero que haré será tirarte las gafas, Marta.

–         ¿Cómo has dicho que te llamas?

–         Roberto.

–         No me gusta ese nombre.

–         Es el que me pusieron. Tuve que aceptarlo.

–         Nada en la vida debe ser aceptado si no te gusta.

–         Y la forma más inteligente que empleas para demostrar tu disgusto es tirarte por un peñasco, ¿verdad?

Marta se quedó pensando un rato. Lo deduje porque se tomó unos segundos en calma y sin contestar. Yo no conseguía ver sus movimientos porque todavía me hallaba bajo el peñasco. Me retrasé unos pasos y pude contemplar la parte delantera de ese lugar. Prácticamente estaba pisando el agua que fluía hacia abajo por el arroyo cuando la figura de Marta se me dibujó con mayor nitidez. Mientras tanto, la noche quería adentrarse en ese enclave apartado mientras que el sol tenue intentaba pelear contra ella.

–         ¿Tú qué haces aquí?- preguntó ella.

–         ¿Estás más calmada?

–         Sí- a lo lejos se la notaba más quieta y por ello creí oportuno comenzar a contarle lo poco que sabía sobre mi contexto.

–         No tengo ni idea de por qué estoy aquí. Te he dicho que trabajo para la comisaría del pueblo y soy funcionario.

–         ¿De qué ciudad eres? No te conozco.

–         De la misma que tú, supongo. De Madrid- respondí.

–         Yo no soy de Madrid. Soy de Ávila.

–         ¿Tú sabes dónde estamos ahora mismo?

–         Yo no veo. Eso para empezar. Pero antes de subir hasta aquí, cuando dejé las gafas, tampoco sabía dónde estaba.

–         Recuerda un poco- la propuse-. Quizás sepas por qué llegaste hasta este lugar tan apartado.

–         Sólo te puedo decir que me gustaría contestarte, pero no puedo.

–         ¿Te diste un golpe? ¿Te despertaste de un sueño o después de un desmayo antes de dejar las gafas en esa bolsa? ¿Por qué te trajiste un documento oficial? No entiendo nada, si te soy sincero.

Otro momento para recapacitar. Demasiadas cuestiones sin clarificar y ya me estaba cansando de tantos secretos y de la ocultación de la verdad.

–         Toma. Te lanzo las gafas en esta bolsa. No te eches más hacia delante. Ya te indicaré hacia dónde debes ir para recogerlas sobre el peñasco- la indiqué.

Ella aguardó pacientemente a que yo tirase con todas mis fuerzas esos anteojos. La fuerza que debía aplicar era importante ya que se hallaba a unos diez metros más arriba de mi posición. En la primera intentona, conseguí mi propósito, algo complicado porque el viento soplaba con intensidad en algunos momentos. La guié con mis palabras hacia la bolsa y ella tocó finalmente el objeto lanzado. Se puso las gafas y me di cuenta de que ya veía.

–         ¿Por qué tienes sangre en los pantalones?- quiso saber Marta.

Miré mis prendas inferiores y comprobé que era cierto que estaban manchadas de rojo. Palpé sobre una mancha circular de unos diez centímetros y me percaté de que era sangre. Estaba húmeda y nada coagulada. ¿Cómo me había producido yo esa hemorragia?

Se acercó (III)


En ese instante, que me pareció eterno, recordé que yo no sabía tampoco por qué me hallaba al lado de ese arroyo y bajo ese peñasco. ¿Qué me había llevado allí? No reconocía el lugar a pesar de que yo siempre he tenido un don especial: el de fotografiar en mi mente los sitios que visito. Parecía un cauce de agua de montaña bastante escarpado. También, se asemejaba a los accidentes geográficos que formaba el río Cares en Asturias. Sin embargo, algo me inclinaba hacia otro lado de la balanza, hacia el desconocimiento total. Seguí indagando mentalmente sobre mis previos pasos. Empecé diciéndoos que ella se hallaba sobre un peñasco y que yo me encontraba frente a ella con el corazón latiéndome a mil por hora, pero antes de eso, ¿qué me había ocurrido? Lo único que sé es que yo estaba de pie y que mis pulsaciones se vieron alteradas por algún acto previo a verla. La siguiente cosa que me quedó clara es que me había metido solo en aquella encrucijada. Además, nadie más presenciaba nuestros movimientos. ¿Era una broma que alguien me estaba gastando? ¿Ése era el Día de los Inocentes? ¿Era un sueño del que no sabía salir? Al sentir dolor cuando me arañé con la rama percaté que no se trataba de un sueño. Ni mucho menos. Sin embargo, todo me resultaba tan extraño y tan descabezado… ¿Cómo podía haber una chica sobre un peñasco unos diez metros encima de mí y que había subido a ese punto sin el sentido de la vista?

–       ¿Eres ciega?- pregunté.

–       Se podría decir. Déjame en paz- contestó sollozando.

–       O se es ciego o no se es. No hay término medio.

–       En mi caso, sí.

–       Pues explícamelo.

–       No quiero.

Ni dos niños que se pelean por un caramelo habrían escenificado una situación tan rocambolesca y patética. Dudé en desistir, pero opté por continuar con mi interrogatorio.

–       ¿Llevas gafas y no las tienes?

–       ¿Cómo lo sabes?

–       No me respondas con otra pregunta. ¿Y qué haces sin ellas?

–       No te importa.

–       Sinceramente, subir a un lugar sin el objeto que te guiaría sin problemas no me parece normal.

–       Nada es normal a partir de ahora. Si la vida fuese normal, Juan no me habría dejado.

–       Olvídate de Juan.

–       No me pienso olvidar. Al menos mientras que siga viviendo. Y tú no impedirás que acabe con mi vida.

–       ¿Dónde están las gafas?

–       Las escondí por aquí. Ahora mismo ni sé dónde están.

Rebusqué en unos matorrales a la izquierda del peñasco y vi una bolsa cuyo su interior guardaba un documento oficial de identidad, unas gafas y una hoja de papel.

–       ¡Encontré las gafas!

–       No las quiero. Prefiero no distinguir nada en mis últimos minutos de vida. Aunque no lo creas, anteriormente no había visto nada de valor las llevase puestas o no- apuntó ella.

Si no me hubiese percatado de que ella quería suicidarse, seguramente la habría voceado con toda la intensidad que me permitiesen mis cuerdas vocales. Por lo tanto, me conformé con estrangular la bolsa de plástico, reprimiendo de alguna forma mi rabia.

Se acercó (II)


–         No te quiero, Juan- repitió ella.

–         No sigas por ahí.

Me hallaba esperando su estrepitosa caída. El borde del peñasco estaba a milímetros de la punta de sus pies. Incluso el pie izquierdo estaba más avanzado y podía contemplar con estupor cómo la parte delantera de la suela del zapato estaba impregnada por hierbas.

–         No te veo y no te acerques. Espero que lo comprendas.

–         Intenta no inclinar la cabeza hacia abajo porque te puedes marear. Sólo quiero que digas cómo te llamas- la pedí.

–         No quiero decirte nada. No te conozco.

–         Totalmente cierto, pero lo último que quiero es que cometas tú un error del que te arrepentirás- la insistí.

–         Soy Marta- respondió al fin ella.

–         Precioso nombre. Ahora quiero que te eches hacia atrás. Dime qué te ha pasado. Sólo quiero que me digas eso a partir de ahora.

–         Ya te he dicho demasiado. ¡Quiero saltar de una vez!- vociferó. Sus brazos en jarra se pudieron divisar en lo alto, pero su cuerpo seguía tapado por el peñasco.

–         No saltes. Estoy debajo para detenerte. No creas que morirás después del salto. Si lo que quieres es suicidarte, más te vale que pienses otro método.

–         Cuando alguien quiere morir, no importa lo haya debajo de ella- replicó con un tono sarcástico.

Pude oír cómo ella había decidido echarse más hacia atrás. ¿Iba a tomar impulso para caer con todas sus fuerzas? ¿Iba a incrementar el efecto de su decisión? Intenté no incitarla y por ello quise convencerla cambiando de tema.

–         Qué buen día hace, ¿no te parece?

–         Pero qué dices ahora. No veo- se molestó y pude distinguir de nuevo un brazo, ésta vez el izquierdo.

–         No puedo resistir el preguntarte por el lugar en el que has comprado esta falda- derivé la conversación de forma drástica, pero su grito me hizo entender que no estaba yendo por el camino correcto.

–         ¡Vete de una vez, joder!

–         No me puedo ir. Para empezar, no sé ni por qué estoy aquí- respondí.

–         Ésa es la diferencia entre tú y yo. Yo sí sé por qué estoy aquí. Lo que te pase me importa poco.

Era una situación un tanto complicada y por ello quise modificar el raro discurrir de los acontecimientos. Si una vez me dijeron que para esconder una cosa lo mejor que se puede hacer es dejarlo totalmente a la vista de alguien, en esta ocasión quise engañar a Marta mediante el arte de la distracción. Me corté con una rama en el antebrazo izquierdo. Mi primer aullido de dolor fue válido para que ella se calmase durante unos segundos y desistiese en su avance. Los grillos incluso dejaron de emitir su zumbido. El silencio nos visitó de repente y comprobé cómo un hilillo de sangre corría por mi zona afectada.

–         ¿Eres subnormal, tío? ¿Qué haces?- inquirió Marta al mismo tiempo que se había agachado y dirigía sus ojos aparentemente inertes desde lo alto del peñasco por su parte izquierda.

–         Cuanto más tardes en contestarme la pregunta que te hice antes, más me lastimaré.

–         ¿Con qué estás hiriendo? No hay quien te entienda. Hace un momento querías salvarme y ahora te fastidias…

–         Marta, estoy seguro de que eres una persona razonable. ¿Qué te ha ocurrido?

Otro parón se produjo. No se la veía ahora ahí arriba, pero intuí que se había calmado un poco. Su respiración agitada no era capaz de percibirla. Mi idea había merecido la pena… por el momento.

–         Me ha dejado mi prometido.

–         ¿Juan te ha dejado? ¿Y por eso te has subido sin ver nada a un peñasco que está unos diez metros del suelo en este valle de la montaña? No creo que puedas superar esto- apunté.

–         ¿Tú quién eres para decirme lo que debo o no debo hacer?- contestó de mala forma y mostrando más rabia de lo normal en su rostro delgado.

–         Soy Roberto. Para más datos te veo a decir que trabajo en la comisaría. Soy funcionario.

–         Y yo soy Marta. Déjame en paz.

–         No te pienso dejar en paz a menos que te bajes de donde has subido y por el lugar por el que llegaste ahí.

–         Estoy aquí porque he perdido la confianza en los hombres. En todos los hombres. Mi paciencia llegó al límite. Después de cinco fracasos, me toca tomar una decisión drástica.

–         Y tanto que es drástica pero, ¿por qué has escogido este peñasco?

–         Aquí dejamos una marca Juan y yo. Aquí nos comprometimos. Aquí me dio el anillo. Aquí me sentí mejor que nunca. Aquí quiero iniciar el fin de mis días.

Sollozo tras sollozo. Se levantó de nuevo y su respiración volvió a aumentar su cadencia.

–         Es imposible que hayas llegado ahí sin ver, Marta. No puedo comprender eso.

–         Yo tampoco. El destino nos guía sin saber por qué.

–         El destino no nos guía. Nosotros guiamos al destino.

Se acercó


Ella se hallaba quieta sobre un peñasco. Me inquietaba verla tan absorta. ¿Se podría caer? El vacío era inmenso y el viento azotaba a los abetos. Mi corazón latía con fuerza mientras que ella decidió dar un paso hacia delante. Estaba apenas a un metro de un descenso mortal.

Su falda roja y larga se movía con fuerza hacia la izquierda. Su suéter gualdo se encontraba empapado por la incesante lluvia que le había sorprendido en ese día tan alocado.

– No te quiero, Juan- gritó ella sin darse cuenta de que yo estaba a apenas diez metros frente a ese peñasco.

– No te muevas- la ordené.

De nada sirvió mi voz. Ella se sintió inspirada por una fuerza contraria a mi intención. Avanzó otro paso más hacia su muerte. Mis pulsaciones aumentaron y el sudor empezó a correr desde mis sienes hacia la mejilla. A pesar del frío y del calabobos que aguantábamos, la tensión de la situación provocó la aparición de sudor en mí.

– No sé quién está ahí, pero no voy a hacerte caso. Me voy a tirar- replicó ella.

– Espera. Primero dime cómo te llamas- dije.

– No te veo. Ahora mismo no veo nada.

– Por eso te digo que no te atrevas a moverte. Si no ves nada, ¿cómo has conseguido subir hasta ahí?

– Da igual, me voy a tirar- insistió y se acercó al límite de su estabilidad.

En ese momento creí que lo mejor era actuar como un salvavidas y me situé justamente bajo la recta de su caída. El golpetazo que iba a sufrir sobre su cuerpo iba a ser brutal, pero al menos alguien me condecoraría por ello en el futuro. Para todo eso, crucé el arroyo que llevaba un caudal abundante. La luz del sol no llegaba a ese punto de la montaña y por ello debía ser muy cauto. No iba a ser la primera vez que me podría resbalar por unas placas de hielo.

Continuará en la segunda entrega.