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Al borde del filo (III)


Cinco minutos para que un tren volviese a asomarse por los túneles negruzcos. Y precisamente se agolparía por la vía del andén de él. Sus pulsaciones se acrecentaron. Lógico. La espera del acto supremo se acercaba a su fin. Un plan ideado desde hacía semanas que no podía fallar. Iba a significar la consecución de un objetivo al que sólo podían aproximarse los atrevidos. Los muy atrevidos y más que eso: los desalmados. Sí, porque había que estar demasiado desequilibrado para siquiera perpretar un cometido como ése.
– Son sólo cinco minutos más y cambiará tu vida. Lo que deseabas -se animó.
En efecto, mezcla de deseo y de necesidad. Cuando uno no había pasado durante cuarenta años de ser más que un don nadie bien vestido, sin dotes, sin fiereza, apelmazado, banal, repeinado y descuidado en sus olores, sin proyecto pero con rutina, sin estridencias y con rechazo por todo lo colectivo y comunitario, cualquier variación de su guión vital, por muy alocada que se tratase, le vendría bien.
– Sí, cualquier cosa menos dejar de existir para tu entorno.
Peinaba canas en su pelo ralo y desdibujado, más abultado que aplastado y más aceitoso que brillante. Se mesó su cabello para aportar un gesto de compostura, pero estaba empezando a descontrolarse. Y cuando justamente el cartel indicó que quedan cuatro minutos para el gran momento, sus pies se movieron impulsivamente hacia un lado y hacia otro. No se detenía y en un andén en el que los espacios desocupados escaseaban, tal proactividad no pasó desapercibida. A cinco metros de su posición inicial percibió unas voces de hombres que le detuvieron.
– ¿Qué crees que hará mi secretaria? Callarse. Depende de mi benevolencia. No tengo más que llamar a mi jefe para echarla. Si lo pienso bien, no nos desajustaría. Su trabajo a veces es lamentable. Falla más que una escopeta de feria -explicó el rubio, que no sumaría más de 35 primaveras.
– Durísimo lo que cuentas. ¿No te das cuenta de que no se puede coartar a las personas? Te equivocas y mucho. Es tu secretaría y no la puedes tratar con amenazas por mucho que te haya visto dándote el lote con tu mujer en el despacho. Vas a salir perdiendo muy poco si estás calmado. Tú en caliente machacas a tu juicio- señaló el castaño que vestía como el rubio con un traje barato de un llamativo morado.
– Supongo que llevarás razón- sentenció el rubio.
Él desvió su atención de ese dúo y se dispuso a continuar con su errante camino mientras que se apretaba la cabeza con las manos. La tensión le producía dolor de cabeza y eso no le beneficiaba a la hora de ejecutar el plan según lo establecido. Tres minutos únicamente restaban y la voz de la trabajadora del metro recordó los horarios de los paros auspiciados por el comité de empresa.

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Al borde del filo (II)


– Quizás deba ponerme el traje que me regaló mi madre. Es una buena idea. Aunque también tengo el del año pasado que no llegué a usar porque me indigesté con las gambas y me quedé en casa. ¿Tú que llevarás? No me lo digas. Lo de siempre. Fiel a tus principios. Zapatos desgastados pero elegantes, corbata del año de la polka, chaqueta de pana y abrigo de visón. Dando la nota. Un verdadero especialista. No se te olviden los pendientes de macarrilla. ¿Los perdiste? Qué pena. Todo el mundo te miró al principio de la fiesta hace dos años y no escapó de su asombro. Te dejo. Tengo otra llamada entrante. Un beso enorme. Ciao, ciao.
Y colgó para volver a descolgar.
– Se ha equivocado. Lo siento.
Él lo agradeció. Qué pesada. Qué tormento. Algunas mujeres se creen con el monopolio del souunido en un lugar público y hablan tan alto que nadie puede obviar su conversación. mochilas
– Enmudecerá- murmuró él convencido y con una mirada malévola.
Ella estaba sentada en uno de los bancos del andén. Ocupaba la esquina derecha y junto a su figura se hallaban otras tres mujeres que parloteaban entre sí. ¿El tema? Desconocido por los oídos de él. Eso le alivió. Odiaba que la gente fuese grandilocuente.
Ella rebuscó en su bolso de tela y a los pocos segundos extrajo unos cascos para conectarlos con su móvil. Tecleó lo necesario para iniciar la reproducción y se concentró en la melodía resultante. ¿Se calmó? No, silbó en un tono agudo y elevado. Estaba claro que había nacido para monopolizar la atención de su alrededor, pero este alrededor no se inmutó. Sólo él le dirigía una mirada de desencanto. Ella alzó la vista y comprobó que aún quedaban siete minutos para que el tren apareciese por su derecha.
En el otro andén el panorama se asemejaba bastante. Repleto de personas con sus al hombro. Estos tomarían un vehículo dentro de un minuto y la primera luz de los faros delanteros alumbraron una escena ya de por sí iluminada con un brillo blanquecino.
Él estiró sus brazos hacia delante con los ojos cerrados. Después repitió esa acción. Sudaba y sus sienes se inundaron de gotas transparentes. Respiraba con dificultad y las venas de su cuello se hincharon. El tren de enfrente ya estaba en la estación y en su andén seguían agolpándose núcleos de trabajadores que le inquietaban más. Temor a los espacios grandes y abarrotados de gente.

Al borde del filo (I)


Escaleras mecánicas enfrente. Treinta escalones a su izquierda. La segunda opción era la única posible porque no había electricidad que accionase el engranaje. Pendiente empinada y superficie lijada para evitar deslizamientos y caídas innecesarias. El metro no estaba diseñado para impedidos y tampoco resultaba cómodo para el resto de los mortales. Los descendió de forma convencida al mismo tiempo que otros cinco usuarios que se disponían a coger la única línea que pasaba por allí.
Acto de rutina cinco días a la semana. Siempre en este sentido a las siete de la tarde y en el contrario muy temprano, a las ocho de la mañana. Todo ello para sumar una cantidad de dinero cuanto menos limitada: mil euros. Diez horas de trabajo y una de descanso para almorzar y pasear por un parque cercano. Todo muy ajustado, muy programado, muy laboral.
Ya en los pasillos que conducían hacia el andén uno, se detuvo para leer un panel publicitario. Obras teatrales en oferta. No abundaba la calidad pero sí el entretenimiento. Con eso bastaba. No estaría mal intentar pasarse un fin de semana por la taquilla y divertirse un rato, pero había una preocupación que le obsesionaba. ¿Cómo lograr su próximo cometido sin salir escaldado? Debía parecer un acto reflejo cuando en realidad no iba a ser así. Cada uno con su conciencia. Él no tenía. La había perdido en el camino.
Giro a la izquierda y el último corredor. El del viajero. El del esperanzado en descansar.
Llegó al andén. Lleno de gente. Murmullos por doquier. Eso le ponía nervioso. El zumbido de una colmena impaciente bajo tierra. Y diez minutos de espera.
“Por una huelga del comité de empresa, habrá servicios mínimos de 18:30 a 21:30 horas”, señalaba el cartel electrónico que hacía correr las letras de derecha a izquierda sobre un fondo negro.
Y no sólo eso. Una voz de mujer joven se encargaba de recordar a los allí presentes a través de altavoces oxidados que debían potenciar su paciencia. Cada palabra que soltaba caía como un jarro de agua fría en la mayor parte de los viajeros. Siete de la tarde y 31 de diciembre. Día de trabajo. Antes no era así pero desde que la crisis se asentó en cada hogar, los trabajadores debían asistir a su puesto como cada laborable hasta el final de su turno. ¿Qué era eso de acumular dos jornadas de vacaciones y sólo disponer de un día de descanso por ley? Afrenta hacia los empresarios. Para todos los contratados allí reunidos por la casualidad el retraso provocado por el comité de empresa suponía un insulto. Había que preparar la cena de Nochevieja o simplemente quitarse la corbata o los zapatos.
“La cena para el que llegue a casa”, pensó.
El resto no escuchó eso, pero no tardaría en comprobar que ese fin de año no iba a caracterizarse por su normalidad.

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