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El fuego es el mayor protagonista de los veranos de los siglos XX y XXI. Hay que prender para sacar beneficios económicos. Hay una Ley de Montes, pero lo cierto es que nada se detiene.

Yo viví en Gran Canaria y sin duda querré volver en cuanto que pueda. He visitado una gran parte de su territorio, buscando el verdor de otras regiones a tan solo un salto de África. He contemplado su riqueza paisajística, sus barrancos, su vegetación endémica y sus pinares. He recorrido sus pendientes con mi bicicleta y he enseñado la isla a numerosas personas para que descubriesen los encantos de un montículo de tierra que parece un pequeño continente por pasar de un desierto en el sur a una selva o a un clima de alta montaña.

Todas las noticias que están llegando desde hace una semana y media me están doliendo enormemente. Mi pesar es mayúsculo porque desde la distancia estoy sintiendo cómo se está perdiendo lo más precioso que quedaba en la isla: la cara norte a partir de 200 metros hasta el Pico de las Nieves. Laurisilva, pinares, vegetación que te transporta a Asturias, humedad… Todo eso se ha perdido ya. Hablan de 10.000 hectáreas, una inmensidad. 75 km. de perímetro.

La isla se ha muerto visualmente. Quedan personas dentro, esperemos que sigan bien, pero la isla se ha muerto para los que la conocíamos. Los incendios de 2007 fueron terroríficos al diezmar a gran parte del cuadrante suroeste de la isla. Ahora todo se ha centrado en el cuadrante noroeste y se extiende por el centro y el oeste. Seguramente se abogará por relativizar la pérdida que se está produciendo ahora mismo pero el daño es irreparable, infinito. Quienes hayan provocado esto han matado a la isla.

Recuerdo mi viaje de La Aldea a Tafira en bicicleta pasando por el Pinar de Tamadaba. Recuerdo mis subidas por Juncalillo en 2018 para subir hasta 1.600 metros y bajar por Fontanales. Recuerdo mis excursiones con amigos por la Cruz de Tejeda y Tejeda. La niebla, la lluvia a partir de 1.000 metros en junio, el frío, el olor natural a la arboleda… Estampas fallecidas. Mi tristeza se refleja aún más en los momentos que mi memoria guarda y que se han evaporado.

No habrá dinero para recuperar lo que se ha quemado. No hay dinero ni ganas tampoco. Estamos ante la defunción medioambiental de la isla. Ni una sola organización ecologista podrá hacer frente a este desastre. Ni un solo gobierno establecerá ayudas para mitigar todo el cataclismo. Es inasumible, inabarcable. Es el holocausto medioambiental de la tercera isla canaria en extensión.

Debo decir que conozco a personas que están ayudando a los demás actualmente con camas para acoger a los desalojados y eso conforta. El pueblo canario es muy solidario y humanitario. Sin embargo, a pesar de esa noticia positiva, una parte de mi alma se ha resquebrajado y lo siento profundamente.

Por último, el ser humano es el mayor parásito y virus que ha pasado por este planeta y hasta que no quede un bosque sin arder o talar, o un océano sin arrasar, no se parará. Las distopías son el futuro.

Posdata: no soy capaz de mostrar ni una imagen de Gran Canaria de un tiempo mejor. Estoy apesadumbrado.

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