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Archivo para junio, 2019

La sostenibilidad entendida


Todos los días haciendo un recorrido llano de 10 km. en coche para atender al huerto. Hasta dos veces haciendo ese trayecto.

Hoy cogió la bicicleta y en 30 minutos o menos llegó a su destino. 20 km. de sostenibilidad.

Si a eso añadimos los 43 árboles plantados en las inmediaciones, doble valor a un ecologismo que poco a poco entrará en nosotros y que tratará de mitigar este tipo de situaciones.

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La canícula y las dudas existenciales


Sigo sorprendiéndome por las recurrentes olas de calor y las críticas a cualquier medida gubernamental que pretende limitar (hasta cierto punto) el calentamiento global.

Por mucho que se tomen acciones en nuestro hogar, en nuestra vecindad o en nuestro pueblo, el cambio climático va más allá y no solamente me sorprenden la mentalidad capitalista que solo piensa en el crecimiento exacerbado (y no en el decrecimiento como punto a recurrir en el futuro) sino también las valoraciones parciales contra programas como ‘Madrid central’, que es un oasis diminuto en medio de un desierto extremo.

Cambiar el clima es un trabajo de todos y todo el sistema capitalista nos ha movido hacia consumir plástico, tejidos sintéticos o coches diesel trucados en sus emisiones. Por mucho que queramos aportar nuestro granito de arena, primero las alternativas deberían venir por limitar la contaminación a través de la energía global y después nos centraríamos en cómo bajar la polución de nuestro transporte o consumo interno. Aun así, vamos 25 años retrasados y solo algunas evidencias eventuales en la anterior década nos mostraron que lo que ahora vivimos y sufrimos no es más que la dejadez anterior.

Dicho lo cual, y tras ver en el cine “La última lección” que es una crítica muy negativa hacia nuestra batalla perdida en materias medioambientales y que nos lleva al desastre absoluto, ¿realmente nos queda alguna esperanza sobre nuestra vida en este planeta donde los países en vías de desarrollo seguirán creciendo sin control y con peores condiciones sociales auspiciadas por las primeras potencias? Todo irá a peor, todo. Los peores vaticinios nos esperan tranquilamente sobre un sofá mientras que creamos más carreteras, cortamos más árboles, producimos más plástico e inventamos más caminos con impacto ambiental.

Estamos ante una calle sin salida cuyas vías de escape nos devuelven al principio de la vía. El consumismo y el capitalismo, garantes del crecimiento económico y de la mejora de algunos ciudadanos, nos han atado y la llave está muy lejos de nuestro alcance.

‘Western stars’, la definición más difícil


He intentado analizar detenidamente el último disco de Bruce Springsteen llamado ‘Western stars’ porque me costó aceptarlo. En todas las escuchas no he conseguido más que placer a ratos ejemplificado en un solo de violín intermedio en ‘Stones’, en algunos cambios de tonalidad de Bruce y en algún subidón entre un ejército de cuerdas sinfónicas. Expresar que este disco es un fiasco sería descabellado, pero tampoco nos encontramos ante una creatividad exagerada que posicione a Bruce en un punto más original de su carrera. Aun así, ¿qué esperamos? ¿Rabia contenida durante cinco años que sale sola en 2019? ¿Un estilo de cantautor de armónica y guitarra acústica a los 69 años? ¿Canciones desenfadadas para alegrarnos el día? ¿Canciones protesta contra alguien en especial? De esas preguntas apenas salen unos apuntes suaves de diversión, algo de cantautor y un pop ya escuchado en la época de 2008-2009. El disco trata sobre hallarse conduciendo solo en el desierto con la ventanilla bajada ante un ilimitado panorama desolador. La definición que Bruce busca no llega a destacar y por eso el resultado queda más insignificante de lo que nos gustaría. Todavía no he encontrado una respuesta a esta pregunta: ¿qué repercusión esperaba Bruce en su audiencia con ‘Western stars’? ¿Ninguna?

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Bruce impresionó al comienzo de su carrera con composiciones largas, solos variados y sinfonías rock. El mundo pop y radiofónico retiró esas secuencias de la radio y Bruce compuso gran parte de sus éxitos desde 1978 con una simplicidad excepcional la cual fue degenerando en melodías pesadas en varios cortes de este siglo (aún resuenan ‘The fuse’, ‘Let’s be friends’, ‘Harry’s place’, ‘Down in the hole’, ‘Rocky ground’, ‘Easy money’…). ¿Cuánta pesadez hay en el último disco? Bastante más de lo que me gustaría. Dos principales melodías o conjunto de acordes y repetición hasta que uno dice ‘basta’. ‘Hitch hikin’, ‘The wayfarer’, la repetición del estribillo cansino de ‘There goes my miracle’ y ‘Drive fast’ se llevan la mención especial a ese tedio que inspira un trozo del álbum, sin olvidar la recurrente melodía de ‘Your own worst enemy’ en ‘Chasin’ wild horses’, como así ocurrió con ‘Mary Mary’ y ‘Leah’. Muchos años en el mercado y no todos los temas son redondos… Es ley de vida, es comprensible pero, ¿por qué publicarlos?

Por suerte, estamos hablando de Bruce Springsteen, y aunque hay un corte a medio camino entre la contención y el olvido inmediato (‘Tucson train’), también se pueden sacar melodías preciosas y un sentimiento que emerge desde lo más profundo. Su voz resquebrajada y no siempre redonda nos lleva por momentos reseñables como la creciente ‘Western stars’, la escueta y sin alardes ‘Sleepy Joe’s cafe’, la bella ‘Sundown’ y la confesión preciosista en ‘Moonlight hotel’. Y por último, como nota sobresaliente, él nos regala la extremadamente corta y majestuosa ‘Somewhere North of Nashville’, la obra más intensa llamada ‘Stones’ y el ‘Everybody’s talking’ mejorado por Bruce en ‘Hello sunshine’.

En conclusión, disco definido, que nos deja en un punto de indefinición sobre lo que Bruce es y será. No se aleja del ‘Devil’s and dust’ ni del pop más tranquilo de ‘Magic’ y ‘Working on a dream’, mientras que cuesta encontrar semejanzas con ‘Wrecking ball’ y ‘High hopes’. Por ello, más allá de su estado de ánimo, Bruce sacó un disco para que varios temas viesen la luz, pero la pregunta era si realmente merecían tanto la pena como para cumplir con sus expectativas y las de sus aficionados. ‘Disco en 2020 con la E Street Band’, ese fue el mensaje más interesante que se ha escuchado en los últimos tiempos y ojalá se cumpla porque hay un vacío que ‘Western stars’ no llena y que a lo mejor no preocupa a Bruce en absoluto porque ha dominado el panorama musical del pop/rock durante la década de los 70 hasta los 80, y desde 1999 hasta 2016.

La nostalgia de los textos infantiles en “La leyenda de los cinco hermanos africanos”


‘Put out to pasture’ o ‘memory chest’ diríamos en inglés. Del baúl de los recuerdos pertenecen estos textos que hoy inspeccioné en mi casa. Hay bastantes más. Eran comienzos de novelas que nunca terminaba porque siempre me presionó el tiempo, siempre necesitaba acabar todo cuanto antes. Algo que parecía una intentona o un esfuerzo me dejaba contento y satisfecho. Por eso, nunca he sido ni un escritor concienzudo y solo la obligatoriedad de los documentos largos me lastraban a una silla o a un sofá para rellenar los espacios en blanco de un blog o de un folio. Hoy, 15 de junio de 2019, casi con 35 años, voy a mostrar un inicio de novela que escribí con 10 años. Entonces, me definía de esta forma:

Autor del libro: Carlos Velasco

Diez años [hablamos de 1994 ó 1995], 143 cm. y unos 36 kilos. Estudiante en un colegio de Aranjuez (Madrid). Juega a todos los deportes y le encanta vestir como ‘Valdano’. “Me gusta escribir libros para una edad de 7 a 10 años como tengo yo. Este libro está dedicado a ti”.

No me extraña todo lo que escribí entonces. Arreglado y multifacético. Aquí comienza el extracto que redacté hace 25 años, que aparece poco revisado hoy y que no es más que un borrador, pero sí pertenece al baúl de los recuerdos y que se llamaba “La leyenda de los cinco hermanos africanos”…

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Prólogo

Si Gulliver no se metiera en las tareas de su amigo Young, no tendría tantos problemas en la familia, en el colegio, en los ratos de ocio y en su habitación que estaba llena de sueños.

Capítulo 1. El cariño de los amigos

Ya que Gulliver no estuvo con Young, quiso compartir su diversión con el compañero de Young, Tomuel, un argelino que nació en África y se crió en España antes de volver a Argelia.

– Hola, Tomuel, ¿tienes un rato para que hablemos de nuestras vidas?- preguntó Gulliver.

– Me temo que me tengo que ir a mi casa a jugar al parchís con mi hermana.

Gulliver echó la cabeza abajo. Nadie le quería dedicar un momento para charlar de sus cosas. Gulliver, a pesar de todo, no perdía la ilusión y en un rato divisó a su derecha a Young.

Young iba también con la cabeza agachada y encogido. Intentó preguntarle si estaba en mal estado y si le dolía la cabeza. Lo peor de todo fue que Young le miró pero no le dijo nada.

Gulliver se marchó a su casa sin pensarlo ya que nadie le miraba ni le decía nada.

En su casa vio que su padre estaba cultivando patatas. Su madre salió a ayudarle y por otro lado Young entró en la habitación de Gulliver para buscar un dato sobre Sociales. Gulliver subió hacía su habitación mientras seguía con su cabeza cabizbaja y sin un atisbo de risa en su cuerpo. Al llegar a la habitación lo primero que dijo Gulliver fue:

– ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no has ido a la cita, Young?

– Estoy buscando el clima de Marruecos.

Gulliver le miró muy fijamente a la cara y le echó de su habitación. Sin descanso, se posó sobre su edredón de lana y se echó a llorar. Estaba tristísimo, tanto que odiaba a todos los amigos que tenía en todo el mundo.

Young, mientras Gulliver lloraba sin cesar en su cama, se iba cabizbajo a su mansión.

Young era un chico estudioso a pesar de que sus notas eran de un bien y sus trabajos no eran muy vistosos y eso le preocupaba.

De pronto, tras la llegada de Young a su casa, llamaron al timbre. La madre de Young, Hieleri, miró por el ojal y vio a un chico con bigote, unas cuantas verrugas y con pecas. Hieleri abrió y era el hermano de Gulliver, Tamborter.

– ¿Está Young aquí?- preguntó Tamborter.

– Sí.

Tamborter pasó y contempló un jarrón desformado. Hieleri inspeccionó su propio jarrón y comprobó que estaba rajado en dos.

– ¿Quién ha sido el que lo ha roto?- preguntó Tamborter.

– Young, baja- fue la seca respuesta.

Young no estaba ahora ni en su habitación ni en otra parte de la casa. Estaba en el patio jugando con unos coches tan diminutos que eran como un escorpión. A su madre se le ocurrió salir al patio porque allí Young solía pasar sus ratos libres. Llegó y le llamó:

– ¿Has roto el jarrón de porcelana?

– Sí- contestó Young-. ¿Qué haces aquí, Tamborter, en estos momentos?

– Quiero que me des la hoja de…

Young estaba triste porque su madre le iba a pegar inmediatamente. En esos momentos pensaba en la paliza que su madre le dio en las vacaciones de Navidad. Le partió cinco dientes y le provocó una rotura en la rótula.

Young entregó la hoja que quería Tamborter y este último partió para su casa.

Solo habían pasado unos minutos cuando a Gulliver se le ocurrió ir a buscar a Tamborter a la calle. Él también necesitaba algo para sus deberes. Se encontró con su hermano y se dirigió hacia él.

– ¿Dónde vas?- inquirió Gulliver.

– Déjame en paz- fue la contestación de Tamborter.

Al día siguiente todos estos protagonistas, como amigos que eran, iban a ir a la Montaña Unubiertada donde se encontraba una cueva de porcelana que según los científicos los primitivos la construyeron. Tenía 50 metros de largo y unos 5 metros de ancho. También tenía un peligro notorio, pero todos ellos iban a sondearla primero antes de adentrarse.

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