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Al borde del filo (I)


Escaleras mecánicas enfrente. Treinta escalones a su izquierda. La segunda opción era la única posible porque no había electricidad que accionase el engranaje. Pendiente empinada y superficie lijada para evitar deslizamientos y caídas innecesarias. El metro no estaba diseñado para impedidos y tampoco resultaba cómodo para el resto de los mortales. Los descendió de forma convencida al mismo tiempo que otros cinco usuarios que se disponían a coger la única línea que pasaba por allí.
Acto de rutina cinco días a la semana. Siempre en este sentido a las siete de la tarde y en el contrario muy temprano, a las ocho de la mañana. Todo ello para sumar una cantidad de dinero cuanto menos limitada: mil euros. Diez horas de trabajo y una de descanso para almorzar y pasear por un parque cercano. Todo muy ajustado, muy programado, muy laboral.
Ya en los pasillos que conducían hacia el andén uno, se detuvo para leer un panel publicitario. Obras teatrales en oferta. No abundaba la calidad pero sí el entretenimiento. Con eso bastaba. No estaría mal intentar pasarse un fin de semana por la taquilla y divertirse un rato, pero había una preocupación que le obsesionaba. ¿Cómo lograr su próximo cometido sin salir escaldado? Debía parecer un acto reflejo cuando en realidad no iba a ser así. Cada uno con su conciencia. Él no tenía. La había perdido en el camino.
Giro a la izquierda y el último corredor. El del viajero. El del esperanzado en descansar.
Llegó al andén. Lleno de gente. Murmullos por doquier. Eso le ponía nervioso. El zumbido de una colmena impaciente bajo tierra. Y diez minutos de espera.
“Por una huelga del comité de empresa, habrá servicios mínimos de 18:30 a 21:30 horas”, señalaba el cartel electrónico que hacía correr las letras de derecha a izquierda sobre un fondo negro.
Y no sólo eso. Una voz de mujer joven se encargaba de recordar a los allí presentes a través de altavoces oxidados que debían potenciar su paciencia. Cada palabra que soltaba caía como un jarro de agua fría en la mayor parte de los viajeros. Siete de la tarde y 31 de diciembre. Día de trabajo. Antes no era así pero desde que la crisis se asentó en cada hogar, los trabajadores debían asistir a su puesto como cada laborable hasta el final de su turno. ¿Qué era eso de acumular dos jornadas de vacaciones y sólo disponer de un día de descanso por ley? Afrenta hacia los empresarios. Para todos los contratados allí reunidos por la casualidad el retraso provocado por el comité de empresa suponía un insulto. Había que preparar la cena de Nochevieja o simplemente quitarse la corbata o los zapatos.
“La cena para el que llegue a casa”, pensó.
El resto no escuchó eso, pero no tardaría en comprobar que ese fin de año no iba a caracterizarse por su normalidad.

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