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Había dejado muy aparcado uno de mis libros más queridos: ÉBANO de Ryszard Kapuscinski. Esta vez os coloco al autor en Lagos (Nigeria), concretamente en un callejón peligroso para él y cabreado por los robos que se repiten en su piso:
“Un día tuve una visita. Era un hombre de mediana edad, ataviado con un traje musulmán de color blanco. Se llamaba Suleimán y procedía del norte de Nigeria. Tiempo atrás había trabajado para el italiano como vigilante nocturno. Conocía el callejón y todos sus aledaños. Se mostró muy tímido: no quiso sentarse en mi presencia. Me preguntó si no necesitaba un vigilante nocturno, porque acababa de perder el trabajo. Le dije que no, pero como me había causado buena impresión, le di cinco libras. Al cabo de varios días volvió. Esta vez sí se sentó. Le preparé un té. Nos pusimos a hablar. Le confesé que no paraban de robarme. Suleimán lo consideró como una cosa del todo natural. El robo era una forma -cierto que desagradable- de nivelar las desigualdades. Estaba muy bien que me robasen, dijo, aquello incluso era un gesto de amistad por parte de los ladrones. De esta manera me daban a entender que les resultaba útil y que me aceptaban. Por consiguiente, podía sentirme seguro. ¿Acaso me había sentido amenazado en alguna ocasión? Reconocí que no. ¡Pues eso! Estaría seguro todo el tiempo que les permitiese robarme impunemente. En el momento en que avisase a la policía y ésta empezase a perseguirlos, más me valía marcharme.
Al cabo de una semana, volvió a visitarme. Se tomó un té y luego dijo con voz misteriosa que me llevaría al Jankara Market y que allí haríamos una compra necesaria. El Jankara Market es un mercado donde brujos, herbolarios, adivinos y encantadores venden toda clase de amuletos, talismanes, varitas mágicas y medicinas milagrosas. Suleimán iba de una parada a otra, mirando y preguntando. Finalmente, me hizo comprarle a una mujer un manojo de plumas de gallo blanco. Eran caras pero no opuse resistencia. Regresamos al callejón. Suleimán compuso las plumas, las rodeó con un hilo y las ató al travesaño superior del marco de la puerta.
Desde aquel momento, nunca más desapareció nada del piso”.

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