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Prosas (IV)


Publicado en la revista N-LAR de mi colegio Loyola aproximadamente en 1998. Lo escribí en una tarde en el Jardín del Parterre de Aranjuez para describir la sensación que me produjo la Fuente de Hércules y hoy lo revisé.

EXCLAMABA…

“María y yo aguardábamos impacientes a que el semáforo cambiara de color. A nuestro lado se hallaban dos parejas de jóvenes enamorados que charlaban sobre cosas indiferentes para nosotros.

El semáfoto permutó su rojo y cambió al verde. Iniciamos el paso por la carretera y nos adentramos en el Jardín del Parterre, que es mucho más pequeño que sus dos ‘vecinos’ en Aranjuez.

A la derecha y a la izquierda de nosotros estaban estacionados dos muros, los cuales sobreimpresionaban a dos ángeles, imaginando dos figuras indescriptibles.

Entramos con sumo cuidado porque el suelo resbalaba por las piedrecillas finas. Alcé la vista y comprobe una forma. Estaba rodeada por una circunferencia perfecta. En el exterior de ella se encontraban unos jarrones de considerable colosidad. Se distinguían tres principales torres irregulares. De ellos, mis dos atentos ojos captaban la del centro (las demás se situaban a los lados del coloso). En ellos se representaba en lo alto a Hércules, que apretaba el estómago de otro contrincante inmóvil. Divisaba la mano levantada del héroe mitológico. Él, apurado, alzaba la mano. En mi mente se mezclaban las escenas posteriores a esa acción. Di un paso hacia atrás.

– ¡Ángel! -exclamaba mi impaciente mujer.

Yo no la escuchaba. Me fijé en los cuatro dragones que expulsaban agua por sus bocas abiertas. El agua conseguía llegar hasta los pies de Hércules y del apurado hombre. La caída del líquido entusiasmaba más a mi vista. Agaché ligeramente los globos oculares mientras mi monótona esposa colmaba más el vaso de mi paciencia. Mi atención se desplazó hacia los animales que estaban muertos y sin nada que realizar en el mundo. Una serpiente gritaba encaramada en el cuerpo de un ser vivo azarosamente reconocible. Un caballo miraba al lago circular donde podría caer. Había también un león doblado por dos rocas de diferente tamaño y un buey con los ojos cerrados tenía un gesto de amargura en su rostro…

Localicé un movimiento tranquilo, pausado, calmado, sosegado a la izquierda y me di cuenta de una masa parecida a la de un faro sobre rocas inmensas donde podía leer ‘Ultra’ y ‘Calpe’. Un dragón acuático constituido por capas me recordó a las leyendas que tratan sobre la mitología griega.

Mi última consideración la guiaron de nuevo mis ojos, los cuales se perdieron en la figura de la izquierda. Se trataba de un perro con la boca gritando algo que yo no soy capaz de describir.

– Vayámonos -grité a María.

Yo me fui moviendo poco a poco tras el empuje brusco de ella. Este día el agua que adornaba el conjunto estaba muy sucia y musgosa. Mi mujer me comenzó a hablar de sus cosas y yo seguía mirando a esta especia de lago mientras lo bordeaba.

¡Qué complicado me resultaba abandonar esta fuente! ¡La fuente de Hércules!

– Bueno, ¿adónde vamos? -inquirió ella.

– Donde te plazca -contesté-. Ya he observado todo lo que necesitaba para recuperarme de la muerte de mi padre.

Seguimos encaminados sin observar el sinfín de cosas que nos perdimos en ese momento. ¡Aranjuez tiene de todo!”

 

El enlace para ver la fuente está aquí. Rastread un poco y la veréis. http://www.unaventanadesdemadrid.com/tren-de-la-fresa-y-aranjuez.html

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