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Se acercó (IV)


–         Bien, lo primero que haré será tirarte las gafas, Marta.

–         ¿Cómo has dicho que te llamas?

–         Roberto.

–         No me gusta ese nombre.

–         Es el que me pusieron. Tuve que aceptarlo.

–         Nada en la vida debe ser aceptado si no te gusta.

–         Y la forma más inteligente que empleas para demostrar tu disgusto es tirarte por un peñasco, ¿verdad?

Marta se quedó pensando un rato. Lo deduje porque se tomó unos segundos en calma y sin contestar. Yo no conseguía ver sus movimientos porque todavía me hallaba bajo el peñasco. Me retrasé unos pasos y pude contemplar la parte delantera de ese lugar. Prácticamente estaba pisando el agua que fluía hacia abajo por el arroyo cuando la figura de Marta se me dibujó con mayor nitidez. Mientras tanto, la noche quería adentrarse en ese enclave apartado mientras que el sol tenue intentaba pelear contra ella.

–         ¿Tú qué haces aquí?- preguntó ella.

–         ¿Estás más calmada?

–         Sí- a lo lejos se la notaba más quieta y por ello creí oportuno comenzar a contarle lo poco que sabía sobre mi contexto.

–         No tengo ni idea de por qué estoy aquí. Te he dicho que trabajo para la comisaría del pueblo y soy funcionario.

–         ¿De qué ciudad eres? No te conozco.

–         De la misma que tú, supongo. De Madrid- respondí.

–         Yo no soy de Madrid. Soy de Ávila.

–         ¿Tú sabes dónde estamos ahora mismo?

–         Yo no veo. Eso para empezar. Pero antes de subir hasta aquí, cuando dejé las gafas, tampoco sabía dónde estaba.

–         Recuerda un poco- la propuse-. Quizás sepas por qué llegaste hasta este lugar tan apartado.

–         Sólo te puedo decir que me gustaría contestarte, pero no puedo.

–         ¿Te diste un golpe? ¿Te despertaste de un sueño o después de un desmayo antes de dejar las gafas en esa bolsa? ¿Por qué te trajiste un documento oficial? No entiendo nada, si te soy sincero.

Otro momento para recapacitar. Demasiadas cuestiones sin clarificar y ya me estaba cansando de tantos secretos y de la ocultación de la verdad.

–         Toma. Te lanzo las gafas en esta bolsa. No te eches más hacia delante. Ya te indicaré hacia dónde debes ir para recogerlas sobre el peñasco- la indiqué.

Ella aguardó pacientemente a que yo tirase con todas mis fuerzas esos anteojos. La fuerza que debía aplicar era importante ya que se hallaba a unos diez metros más arriba de mi posición. En la primera intentona, conseguí mi propósito, algo complicado porque el viento soplaba con intensidad en algunos momentos. La guié con mis palabras hacia la bolsa y ella tocó finalmente el objeto lanzado. Se puso las gafas y me di cuenta de que ya veía.

–         ¿Por qué tienes sangre en los pantalones?- quiso saber Marta.

Miré mis prendas inferiores y comprobé que era cierto que estaban manchadas de rojo. Palpé sobre una mancha circular de unos diez centímetros y me percaté de que era sangre. Estaba húmeda y nada coagulada. ¿Cómo me había producido yo esa hemorragia?

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