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Archivo para diciembre, 2010

Se acercó (V de X)


Desconcertado al máximo. Restregué mis ojos para intentar ver con mayor claridad, si es que antes alguna partícula estaba impidiendo mi comprensión visual. Decidí rebobinar los acontecimientos hasta el principio y para ello me dispuse a interrogar otra vez a una ya vidente Marta.

–         Necesito recapitular contigo, Marta.

–         No lo hagas. Déjate llevar por la gravedad.

–         Difícilmente lo podría hacer. Ahora mismo no hay un precipicio debajo de mí, al contrario de lo que te pasa a ti.

–         Desde aquí se otea nuestro alrededor mejor. Detrás de ti, bajando por este riachuelo tienes una especie de cascada por donde te podrías tirar y así me dejarías en paz de una vez- me aconsejó ella con una sonrisa malévola y poco amistosa.

–         ¿Por qué me quieres fuera de tu entorno? No creo que te entorpezca demasiado. Si te quieres tirar ahora mismo, adelante. Es tu decisión. Yo te quería contrariar para que no hubiese un cadáver a mi alrededor- solté con un mal humor creciente.

Mis últimas palabras tuvieron un efecto opuesto al que pretendían. De nuevo se pudo comprobar que la mentalidad de algunas personas, en este caso de una mujer, podría funcionar mejor si se hablaba en clave negativa que si se edulcoraban los acontecimientos. Tras mi pequeño discurso, Marta observó que si daba unos pasos hacia delante y se acercaba hacia el abismo, no habría alguien debajo que sintiese remordimientos por su acción. Ese pensamiento la consternó más de lo que yo había previsto y por ello otra vez determinó que la opción más sensata era sentarse sobre una roca musgosa que se había dispuesto en la parte izquierda del peñasco. Allí, ordenó sus planes inmediatos durante un minuto mientras que los tímidos rayos del sol que entraban con disimilo por la parte donde descendía el arroyo se eclipsaban debido a las nubes que descargaban lluvia por el lado opuesto y a la noche que casi se había adueñado de nuestro ambiente.

–         ¿Qué decides entonces? ¿Te tiras o no?- sonó de mi boca cuando ella llevaba unos segundos con el codo derecho posicionado sobre su rodilla diestra y con sus dedos mesando su cabello largo y castaño.

–         Déjame. ¿Cuántas veces te lo he de repetir?

Como ella seguía en sus trece, yo quise investigar si en realidad existía una cascada por el riachuelo formado por las precipitaciones. No había avanzado más que diez pasos cuando una luz se encendió en mi mente y empecé a atar cabos sueltos. Alguien me había abandonado en ese valle de umbría. ¿Quién? ¿Un amigo? ¿Mi mujer? ¿Mis dos niños? ¿Un compañero de la comisaría? ¿Un secuestrador? ¿Dios? No, este último no podría haberlo llevado a cabo porque no estoy seguro de su existencia. Soy agnóstico.

Además, alguien me había producido una herida o me había impregnado su sangre o la de otra persona sobre el pantalón formando un círculo de líquido asqueroso y desagradable. Hurgué por debajo de los pantalones y como no alcanzaba mi objetivo a la altura de la rodilla, me bajé esta prenda hasta los tobillos. No había ningún rastro de una herida superficial. Qué extraño. ¿Habría alguna explicación razonable a ese hecho? No fui capaz de descifrarlo en ese instante. Nuevas ideas y preguntas no cesaron a aparecer. ¿Había fallado mi vida para sentirme así de desconsolado? Debía organizar mis experiencias para lograr una respuesta convincente. Fui punto por punto.

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Se acercó (IV)


–         Bien, lo primero que haré será tirarte las gafas, Marta.

–         ¿Cómo has dicho que te llamas?

–         Roberto.

–         No me gusta ese nombre.

–         Es el que me pusieron. Tuve que aceptarlo.

–         Nada en la vida debe ser aceptado si no te gusta.

–         Y la forma más inteligente que empleas para demostrar tu disgusto es tirarte por un peñasco, ¿verdad?

Marta se quedó pensando un rato. Lo deduje porque se tomó unos segundos en calma y sin contestar. Yo no conseguía ver sus movimientos porque todavía me hallaba bajo el peñasco. Me retrasé unos pasos y pude contemplar la parte delantera de ese lugar. Prácticamente estaba pisando el agua que fluía hacia abajo por el arroyo cuando la figura de Marta se me dibujó con mayor nitidez. Mientras tanto, la noche quería adentrarse en ese enclave apartado mientras que el sol tenue intentaba pelear contra ella.

–         ¿Tú qué haces aquí?- preguntó ella.

–         ¿Estás más calmada?

–         Sí- a lo lejos se la notaba más quieta y por ello creí oportuno comenzar a contarle lo poco que sabía sobre mi contexto.

–         No tengo ni idea de por qué estoy aquí. Te he dicho que trabajo para la comisaría del pueblo y soy funcionario.

–         ¿De qué ciudad eres? No te conozco.

–         De la misma que tú, supongo. De Madrid- respondí.

–         Yo no soy de Madrid. Soy de Ávila.

–         ¿Tú sabes dónde estamos ahora mismo?

–         Yo no veo. Eso para empezar. Pero antes de subir hasta aquí, cuando dejé las gafas, tampoco sabía dónde estaba.

–         Recuerda un poco- la propuse-. Quizás sepas por qué llegaste hasta este lugar tan apartado.

–         Sólo te puedo decir que me gustaría contestarte, pero no puedo.

–         ¿Te diste un golpe? ¿Te despertaste de un sueño o después de un desmayo antes de dejar las gafas en esa bolsa? ¿Por qué te trajiste un documento oficial? No entiendo nada, si te soy sincero.

Otro momento para recapacitar. Demasiadas cuestiones sin clarificar y ya me estaba cansando de tantos secretos y de la ocultación de la verdad.

–         Toma. Te lanzo las gafas en esta bolsa. No te eches más hacia delante. Ya te indicaré hacia dónde debes ir para recogerlas sobre el peñasco- la indiqué.

Ella aguardó pacientemente a que yo tirase con todas mis fuerzas esos anteojos. La fuerza que debía aplicar era importante ya que se hallaba a unos diez metros más arriba de mi posición. En la primera intentona, conseguí mi propósito, algo complicado porque el viento soplaba con intensidad en algunos momentos. La guié con mis palabras hacia la bolsa y ella tocó finalmente el objeto lanzado. Se puso las gafas y me di cuenta de que ya veía.

–         ¿Por qué tienes sangre en los pantalones?- quiso saber Marta.

Miré mis prendas inferiores y comprobé que era cierto que estaban manchadas de rojo. Palpé sobre una mancha circular de unos diez centímetros y me percaté de que era sangre. Estaba húmeda y nada coagulada. ¿Cómo me había producido yo esa hemorragia?

El hambre de un equipo sobre una pista: Barcelona-Madrid


A veces cuando sale mi equipo a la pista sin ganas, sin hambre, sé que nos van a meter de mil. Da igual que luego corrijas y que cambies la defensa. Si el rival tiene más apetito y más necesidad de vencer, la balanza siempre se decanta a su lado.

Éste es un resumen psicológico de los primeros 5 minutos del partido de ayer entre el Barcelona y el Real Madrid. A un lado queda la presión defensiva de los de Pascual y el exceso de bote del Real Madrid. Normalmente cuando uno está muy intenso en defensa durante los 40 minutos, en ataque salen carambolas espectaculares (como el canastón de Grimau en el aire).

Nunca entenderé por qué Messina no se colocó en una defensa zonal durante gran parte del partido. Por ejemplo, si el Estu no hubiese colocado la 3-2 ante el Fuenlabrada, habría perdido de 20.  Si Messina sabe que debe jugar como un equipo pequeño ante el Barcelona para ganar, ¿por qué no lo hace? Además, ¿por qué no endureció su defensa a base de hostias? ¿Por qué no mandó meter más el balón en el poste bajo en el segundo 12 de la posesión para circular después por fuera y encontrar un buen tiro? En definitiva, el resultado demostró que no se puede ir de grande cuando eres un grande que debe comportarse como un pequeño, que no se puede decir que el equipo es joven cuando él sabe que no es así, y si llama jóvenes a algunos jugadores indirectamente les está calificando de inmaduros, porque tienen suficientes pelitos en los cataplines algunos como para no ser jóvenes, ni mucho menos. No entiendo a Messina.

¿El Real Madrid tiene mal equipo? Ni mucho menos, un equipazo. Pero si vemos que el Barcelona pierde a Navarro y a Mickeal duramente un tiempo y ficha a uno de los mejores ‘treses’ de la zona media como es Ingles y que se saca de la chistera a Anderson, un exterior muy peligroso, a mitad de la temporada, es que algo pasa en el mercado para que los agentes sólo concedan al Barcelona los mejores jugadores. Algo pasa.

Se acercó (III)


En ese instante, que me pareció eterno, recordé que yo no sabía tampoco por qué me hallaba al lado de ese arroyo y bajo ese peñasco. ¿Qué me había llevado allí? No reconocía el lugar a pesar de que yo siempre he tenido un don especial: el de fotografiar en mi mente los sitios que visito. Parecía un cauce de agua de montaña bastante escarpado. También, se asemejaba a los accidentes geográficos que formaba el río Cares en Asturias. Sin embargo, algo me inclinaba hacia otro lado de la balanza, hacia el desconocimiento total. Seguí indagando mentalmente sobre mis previos pasos. Empecé diciéndoos que ella se hallaba sobre un peñasco y que yo me encontraba frente a ella con el corazón latiéndome a mil por hora, pero antes de eso, ¿qué me había ocurrido? Lo único que sé es que yo estaba de pie y que mis pulsaciones se vieron alteradas por algún acto previo a verla. La siguiente cosa que me quedó clara es que me había metido solo en aquella encrucijada. Además, nadie más presenciaba nuestros movimientos. ¿Era una broma que alguien me estaba gastando? ¿Ése era el Día de los Inocentes? ¿Era un sueño del que no sabía salir? Al sentir dolor cuando me arañé con la rama percaté que no se trataba de un sueño. Ni mucho menos. Sin embargo, todo me resultaba tan extraño y tan descabezado… ¿Cómo podía haber una chica sobre un peñasco unos diez metros encima de mí y que había subido a ese punto sin el sentido de la vista?

–       ¿Eres ciega?- pregunté.

–       Se podría decir. Déjame en paz- contestó sollozando.

–       O se es ciego o no se es. No hay término medio.

–       En mi caso, sí.

–       Pues explícamelo.

–       No quiero.

Ni dos niños que se pelean por un caramelo habrían escenificado una situación tan rocambolesca y patética. Dudé en desistir, pero opté por continuar con mi interrogatorio.

–       ¿Llevas gafas y no las tienes?

–       ¿Cómo lo sabes?

–       No me respondas con otra pregunta. ¿Y qué haces sin ellas?

–       No te importa.

–       Sinceramente, subir a un lugar sin el objeto que te guiaría sin problemas no me parece normal.

–       Nada es normal a partir de ahora. Si la vida fuese normal, Juan no me habría dejado.

–       Olvídate de Juan.

–       No me pienso olvidar. Al menos mientras que siga viviendo. Y tú no impedirás que acabe con mi vida.

–       ¿Dónde están las gafas?

–       Las escondí por aquí. Ahora mismo ni sé dónde están.

Rebusqué en unos matorrales a la izquierda del peñasco y vi una bolsa cuyo su interior guardaba un documento oficial de identidad, unas gafas y una hoja de papel.

–       ¡Encontré las gafas!

–       No las quiero. Prefiero no distinguir nada en mis últimos minutos de vida. Aunque no lo creas, anteriormente no había visto nada de valor las llevase puestas o no- apuntó ella.

Si no me hubiese percatado de que ella quería suicidarse, seguramente la habría voceado con toda la intensidad que me permitiesen mis cuerdas vocales. Por lo tanto, me conformé con estrangular la bolsa de plástico, reprimiendo de alguna forma mi rabia.

Se acercó (II)


–         No te quiero, Juan- repitió ella.

–         No sigas por ahí.

Me hallaba esperando su estrepitosa caída. El borde del peñasco estaba a milímetros de la punta de sus pies. Incluso el pie izquierdo estaba más avanzado y podía contemplar con estupor cómo la parte delantera de la suela del zapato estaba impregnada por hierbas.

–         No te veo y no te acerques. Espero que lo comprendas.

–         Intenta no inclinar la cabeza hacia abajo porque te puedes marear. Sólo quiero que digas cómo te llamas- la pedí.

–         No quiero decirte nada. No te conozco.

–         Totalmente cierto, pero lo último que quiero es que cometas tú un error del que te arrepentirás- la insistí.

–         Soy Marta- respondió al fin ella.

–         Precioso nombre. Ahora quiero que te eches hacia atrás. Dime qué te ha pasado. Sólo quiero que me digas eso a partir de ahora.

–         Ya te he dicho demasiado. ¡Quiero saltar de una vez!- vociferó. Sus brazos en jarra se pudieron divisar en lo alto, pero su cuerpo seguía tapado por el peñasco.

–         No saltes. Estoy debajo para detenerte. No creas que morirás después del salto. Si lo que quieres es suicidarte, más te vale que pienses otro método.

–         Cuando alguien quiere morir, no importa lo haya debajo de ella- replicó con un tono sarcástico.

Pude oír cómo ella había decidido echarse más hacia atrás. ¿Iba a tomar impulso para caer con todas sus fuerzas? ¿Iba a incrementar el efecto de su decisión? Intenté no incitarla y por ello quise convencerla cambiando de tema.

–         Qué buen día hace, ¿no te parece?

–         Pero qué dices ahora. No veo- se molestó y pude distinguir de nuevo un brazo, ésta vez el izquierdo.

–         No puedo resistir el preguntarte por el lugar en el que has comprado esta falda- derivé la conversación de forma drástica, pero su grito me hizo entender que no estaba yendo por el camino correcto.

–         ¡Vete de una vez, joder!

–         No me puedo ir. Para empezar, no sé ni por qué estoy aquí- respondí.

–         Ésa es la diferencia entre tú y yo. Yo sí sé por qué estoy aquí. Lo que te pase me importa poco.

Era una situación un tanto complicada y por ello quise modificar el raro discurrir de los acontecimientos. Si una vez me dijeron que para esconder una cosa lo mejor que se puede hacer es dejarlo totalmente a la vista de alguien, en esta ocasión quise engañar a Marta mediante el arte de la distracción. Me corté con una rama en el antebrazo izquierdo. Mi primer aullido de dolor fue válido para que ella se calmase durante unos segundos y desistiese en su avance. Los grillos incluso dejaron de emitir su zumbido. El silencio nos visitó de repente y comprobé cómo un hilillo de sangre corría por mi zona afectada.

–         ¿Eres subnormal, tío? ¿Qué haces?- inquirió Marta al mismo tiempo que se había agachado y dirigía sus ojos aparentemente inertes desde lo alto del peñasco por su parte izquierda.

–         Cuanto más tardes en contestarme la pregunta que te hice antes, más me lastimaré.

–         ¿Con qué estás hiriendo? No hay quien te entienda. Hace un momento querías salvarme y ahora te fastidias…

–         Marta, estoy seguro de que eres una persona razonable. ¿Qué te ha ocurrido?

Otro parón se produjo. No se la veía ahora ahí arriba, pero intuí que se había calmado un poco. Su respiración agitada no era capaz de percibirla. Mi idea había merecido la pena… por el momento.

–         Me ha dejado mi prometido.

–         ¿Juan te ha dejado? ¿Y por eso te has subido sin ver nada a un peñasco que está unos diez metros del suelo en este valle de la montaña? No creo que puedas superar esto- apunté.

–         ¿Tú quién eres para decirme lo que debo o no debo hacer?- contestó de mala forma y mostrando más rabia de lo normal en su rostro delgado.

–         Soy Roberto. Para más datos te veo a decir que trabajo en la comisaría. Soy funcionario.

–         Y yo soy Marta. Déjame en paz.

–         No te pienso dejar en paz a menos que te bajes de donde has subido y por el lugar por el que llegaste ahí.

–         Estoy aquí porque he perdido la confianza en los hombres. En todos los hombres. Mi paciencia llegó al límite. Después de cinco fracasos, me toca tomar una decisión drástica.

–         Y tanto que es drástica pero, ¿por qué has escogido este peñasco?

–         Aquí dejamos una marca Juan y yo. Aquí nos comprometimos. Aquí me dio el anillo. Aquí me sentí mejor que nunca. Aquí quiero iniciar el fin de mis días.

Sollozo tras sollozo. Se levantó de nuevo y su respiración volvió a aumentar su cadencia.

–         Es imposible que hayas llegado ahí sin ver, Marta. No puedo comprender eso.

–         Yo tampoco. El destino nos guía sin saber por qué.

–         El destino no nos guía. Nosotros guiamos al destino.

Se acercó


Ella se hallaba quieta sobre un peñasco. Me inquietaba verla tan absorta. ¿Se podría caer? El vacío era inmenso y el viento azotaba a los abetos. Mi corazón latía con fuerza mientras que ella decidió dar un paso hacia delante. Estaba apenas a un metro de un descenso mortal.

Su falda roja y larga se movía con fuerza hacia la izquierda. Su suéter gualdo se encontraba empapado por la incesante lluvia que le había sorprendido en ese día tan alocado.

– No te quiero, Juan- gritó ella sin darse cuenta de que yo estaba a apenas diez metros frente a ese peñasco.

– No te muevas- la ordené.

De nada sirvió mi voz. Ella se sintió inspirada por una fuerza contraria a mi intención. Avanzó otro paso más hacia su muerte. Mis pulsaciones aumentaron y el sudor empezó a correr desde mis sienes hacia la mejilla. A pesar del frío y del calabobos que aguantábamos, la tensión de la situación provocó la aparición de sudor en mí.

– No sé quién está ahí, pero no voy a hacerte caso. Me voy a tirar- replicó ella.

– Espera. Primero dime cómo te llamas- dije.

– No te veo. Ahora mismo no veo nada.

– Por eso te digo que no te atrevas a moverte. Si no ves nada, ¿cómo has conseguido subir hasta ahí?

– Da igual, me voy a tirar- insistió y se acercó al límite de su estabilidad.

En ese momento creí que lo mejor era actuar como un salvavidas y me situé justamente bajo la recta de su caída. El golpetazo que iba a sufrir sobre su cuerpo iba a ser brutal, pero al menos alguien me condecoraría por ello en el futuro. Para todo eso, crucé el arroyo que llevaba un caudal abundante. La luz del sol no llegaba a ese punto de la montaña y por ello debía ser muy cauto. No iba a ser la primera vez que me podría resbalar por unas placas de hielo.

Continuará en la segunda entrega.

Los kilos de más


Necesito quejarme vivamente de lo que supone la comida en Navidad. Creo que he tenido en las últimas dos semanas unas 5 cenas/comidas (tampoco deben ser muchas) y he engordado un kilo y medio que soy incapaz de quitarme. ¿Cómo puede uno adelgazarlo? Corriendo, me imagino. ¿Hay ganas de correr? Nulas. ¿Hay ganas de andar? Las imprescindibles para ir de un sitio a otro. Hace bastante frío y lo único que me apetece es sentarme delante del televisor para ver la segunda temporada de ‘Twin Peaks’ (muy mala, por cierto) y la cuarta de ‘Cómo conocí a vuestra madre’. Al ir menos días a trabajar, mi cuerpo se mueve poco pero engulle más, algo que no me beneficia. No quiero sobrepasar la barrera de los 79 kilos, pero en algunas horas de este calvario que supone la Navidad, unos gramos más de ese tope veo en la báscula. ¿Es obsesión? Seguro. ¿Es anorexia? Ni mucho menos, pero sí es obsesión, que conste.

Quizás para la comida de Navidad tome pocos líquidos y los alimentos sólidos necesarios para que mi familia no se queje de mi inapetencia. Sin embargo, da igual que me tome 1 litro de refrescos o 250 mililitros, porque lo importante es la cantidad de calorías y de grasa que sumo a mi organismo. En definitiva, nos hallamos en un callejón sin salida, que del 27 al 30 de diciembre se debería arreglar para ver una puerta de escape, pero luego vendrá el fin de año y después los Reyes y después… a ver quién será el listo que es capaz de quitarse de encima 2 kilos de más.

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