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Archivo para octubre, 2010

Exceso de humildad


Una tarde estaba con 3 amigos sentado en una terraza. El día antes yo había jugado contra un equipo muy superior a mí y estaba diciendo a un amigo que mi equipo modesto había perdido por dos, un resultado muy meritorio por lo difícil que era el rival gracias a sus fantásticos jugadores, 5 o más de ellos con un nivel de una liga de más arriba.

Él me contestó que yo tenía un exceso de humildad. Que si perdía de 2 contra ellos, yo lo sobrevaloraba; que si perdía de 20 era normal y me mostraba como un pupas pobrecito; y que si ganaba, yo iba a vender que yo era el mejor entrenador del mundo. Era una forma de vanagloriarme, según él.

Lo estuve pensando durante mucho tiempo. ¿Hasta qué punto podemos o sabemos ser humildes? ¿No existe la humildad, sino más bien la arrogancia encubierta? ¿Uno es dueño de su silencio y esclavo de sus palabras, pero no puede ser dueño de sus palabras y esclavo de su silencio? Si yo soy pobre, ¿tengo un mayor mérito o una legitimidad más apropiada que un rico?

Dejo abierto el debate y según las conclusiones que saquemos, así asumiré un punto de vista u otro.

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Madrid de noche


Ayer se produjo una de mis típicas salidas vespertinas por Madrid que terminan siendo nocturnas. Asuntos varios me llevaron a la capital el domingo por la tarde y pude contemplar cómo pierde bullicio la ciudad en ese día. Se puede pasear sin la sensación de estar rodeado, hay calles totalmente vacías, se puede respirar un aire algo más limpio y hay tramos en los que el silencio es la nota predominante.

Lo mejor aparece cuando el sol se esconde. Entonces, la oscuridad se ve eclipsada por la luz de las farolas y la ciudad sigue teniendo vida. Hasta tal punto tiene vida que si uno se monta en los esporádicos trenes que aparecen por las vías, se puede descubrir que algunos vagones van repletos de viajeros.

A las doce de la noche la línea 1 de Metro acapara una mezcla muy interesante de personas. Desde homosexuales que no quieren llamar la atención hasta otros que muestran su colorido y su extremismo; desde heterosexuales amanerados con ropa cara y con acompañantes pijos hasta personas que vuelven con la mochila a cuestas tras trabajar en un día “festivo”; desde inmigrantes sudamericanos hasta mendigos que no piden dinero porque saben que su público objetivo no se halla dentro del habitáculo.

Todo este baturrillo me produce una sensación de inseguridad y de comodidad al mismo tiempo. Por una parte, sé que no me va a pasar nada y que voy a llegar al autobús nocturno que me llevará a casa. Sin embargo, también entiendo que debo estar muy atento a todo lo que ocurra a mi alrededor.

Madrid nunca duerme. Eso es lo que me parece y lo bueno de las grandes urbes es que hay lugares donde refugiarse y donde congregarse. Dependerá del estado de ánimo de cada uno qué opción escoger. Yo personalmente no elegiría ninguna. Me quedo en Aranjuez.

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