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Archivo para agosto, 2010

El baloncesto por etapas


¿Por qué Scariolo empieza sus proyectos de menos a más? Porque cuando finaliza su camino, pocos recuerdan lo mal que empezó.

Esta ideología, muy aplicable a una selección española que tendrá que variar por narices su táctica ofensiva (menos detención al contraataque y más talento sobre la pista), se verá confirmada al final del Campeonato del Mundo.

Estados Unidos demostró ante Brasil que sus jugadores defienden como posesos, pero si en el bloqueo directo hay un base o escolta que sabe determinar cuál es la mejor continuación (si para el poste o para el otro exterior en la esquina), el conjunto del Coach K  lo pasará mal. Tan mal como hace 4 años en el Mundial de Japón. Una insulsa Grecia (entrenada por el técnico más tacañón que pisa la tierra, Yannakis), lo logró con ese estilo.

Si a Estados Unidos con un potencial enorme (aunque sea la selección B) le tiene que salvar contra Brasil la canasta de un veterano como Billups, es para pensar que aquí pasa algo. Estados Unidos no juega a nada y ni se espera que se produzca lo contrario. ¿Para qué? Con el 1×1 de Durant, Billups, Odom, Rose… ya les vale para vapulear al 80% por de los rivales y para sufrir contra el otro 20% en un día aciago. No deberían cansarse la cabeza en repetir más los sistemas como el flex que hoy desplegaron.

España debería parecerse a Estados Unidos. Menos “vueltas” y menos “dos lado”, que no nos llevan a nada, Scariolo. Balón dentro a Gasol tras bloqueo indirecto, una salida de tirador para Navarro y circulación del balón para conseguir un triple en la esquina. ¡Se puede hacer! Por cierto, la defensa, ni tocarla. A seguir intensos. Y ya está.

Con eso, a la final casi sin despeinarnos. Eso sí, como sigamos con estas caritas, hasta Lituania nos dará un disgusto mañana…

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Lo esperado


En escasas ocasiones esperamos poco de algo. Siempre pensamos que cualquier hecho nos puede sorprender. Es un error básico del ser humano pero, ¿qué sería de nosotros si no tuviésemos alicientes en lo desconocido o en lo impredecible?

Creemos que vivimos sobre la certidumbre y la vida nos devuelve tortazos a la mínima. Cuando nos sentimos aferrados con fuerza a un hilo aparecen nuestras dudas y nos derrumbamos. La mejor manera de desarrollar nuestra vida no está basada en lo que conocemos, sino más bien en lo que desconocemos. Por eso hablo de desarrollar y no de mantener. Lo nuevo nos permite dar pasos hacia delante. El error está asegurado y la gracia consiste en levantarse.

Cuando tomamos una decisión dejando a un lado otras tres o cuatro, sabemos el riesgo que corremos, pero muchas veces no tenemos más remedio. Lo novedoso nos puede aturdir con facilidad y nos puede nublar el raciocinio. Sin embargo, la solución a esta situación no se halla muy lejos. La clave está en la constancia y en la confianza en lo que uno hace o quiere llevar a cabo. El fin justifica un sufrimiento comedido, pero la justificación de un padecimiento cuando hay posibilidades de evitarlo no complace a nuestra mentalidad. La percepción de este último estado es vital para que podamos progresar.

El progreso no debería ir reñido con lo esperado. Lo contrario (lo inesperado) nos debería complacer más. Sustituyamos pues las planificaciones por las intuiciones.

Esta visión no se verá correspondida por los resultados en un gran porcentaje de veces. Dejemos, entonces, que el destino nos lleve sin más cavilaciones. No podemos escribir ni vaticinar lo que ocurrirá, pero sí podemos pretender que lo sabemos.

Relajación y estrés


El arte de saber vender la moto es una disciplina que no siempre depende del promotor. En otras ocasiones es el propio receptor el que sobrevalora un producto o un servicio. En este caso me referiré al uso de los spas o balnearios como algo habitual para la clase media o media/alta occidental.

Recientemente acudí a un circuito hidrotermal de un hotel de Aranjuez ciertamente completo en cuanto a sus instalaciones y diferentes tipos de tratamientos relajantes. Estaba a 3 kilómetros de casa, por lo que no tuve que gastar más de la cuenta. Allí comprobé en pleno mes de agosto cómo la fiebre por la curación de nuestros dolores está en auge.

En tres turnos por la tarde (18:30, 19:00 y 19:30) fueron pasando unas 15 personas cada vez. Las tres piscinas no podían albergar a más de 10 personas al mismo tiempo. Sin embargo, había algún que otro embotellamiento.

El hotel había ofertado unos servicios muy completos que satisfacían a los consumidores (que si luego Spas Romano, Finlandés y Turco, que si ducha aromática, que si pisoteo sobre piedras…). El problema es que uno observaba a la mayoría de los usuarios y me daba cuenta de que ni al 5% del total les hacía falta recibir diferentes contrastes termales en su piel ni relajación en sus músculos. Todo era una farsa. El probar por probar. Todo consistía en decir a sus familiares al finalizar la sesión ‘estuve muy a gusto, qué maravilla’.

Por lo tanto, hay veces en las que nuestro afán consumidor nos hace perder la orientación de lo que realmente necesitamos y de lo que nos parece un lujo “económico”. Y acudir a un spa como el de Aranjuez se asemeja a eso (unos 20 euros por sesión de 100 minutos). ¿Hace quince años cuánta gente necesitaba estos tratamientos? Un 2% de la población, quizás. Ahora mismo la asistencia a este tipo de establecimientos ha subido exponencialmente. Las razones de todo esto son nuestra imagen y nuestro excesivo cuidado por nuestro cuerpo tras descuidarlo.

España y sus paisajes


Cuando estudiaba Bachillerato, me entusiasmó el mundo de la literatura. Tanto es así que quería ser escritor, una forma más de afianzar mi pasión por el Periodismo desde los 6 años. Mi profesora de Lengua Española y yo siempre charlábamos nada más finalizar la clase sobre este u otro autor. El siglo XIX fue el que más me atrajo, pero cuando descubrí la Generación del 98, me impregnó su fuerza.

El autor que más me “sedujo” fue Unamuno. Ese sentimiento tan duro sobre el devenir de la filosofía, sobre el contexto de España y sobre la belleza de la vida provocaron en mí una satisfacción importante.

Uno de los comentarios que siempre subrayé del genial escritor fue aquél que se refería a que prefería la sobriedad de las montañas de Castilla y sus campos yermos sobre el paisaje del Norte.

Tras mi reciente viaje a Logroño en el que vi por primera vez la desconocida y no menos interesante Comunidad de La Rioja, contemplé cómo esa sobriedad absorbe los sentidos. No sólo me fijé en los valles de Somosierra y en el secano de Castilla La Vieja (muy explotados por el ser humano), sino que tuve la suerte de hallarme sin ocupación durante unas horas y bajé a Soria.

El trayecto por la Nacional 111 es un homenaje para los sentidos. La Sierra Cebollera redunda en el sentimiento de Unamuno y no es de extrañar que un romántico como Bécquer quedase atrapado por el Duero que discurre por Soria. Campos amarillos, montes despoblados de vegetación, sequedad de las tierras… y de repente todo lo contrario: la bajada del río Iregua, los bosques de pinos, las subidas por la umbría, la montaña más agreste, los peñascos… España sería un paraíso en su conjunto si no hubiésemos destrozado su diversidad. Es una pena, pero aún hay lugares que no conocemos y que nos sorprenderían. Dejaos llevar por la improvisación: encontraréis postales inolvidables.

Hoy hablaré sobre el error


Hoy escribiré sobre el error. Como casi todo el mundo que se pone a hablar sobre el error, lo diferencia del fallo en que éste es perdonable y el otro no porque ya se había aprendido anteriormente. En el deporte un fallo es no meter un gol bajo palos y un error es no circular el balón por la banda cuando el entrenador lo predijo.

Sin embargo, el error es mucho más. Es una sensación de fracaso y una virtud. Fracaso porque el que lo comete en numerosas ocasiones se da cuenta de que no vale para un fin concreto. Un virtud porque sólo aquél que yerra tiene la potestad de mejorar. El que nunca se equivoca, ya se halla en su perfección prefabricada.

Después de una introducción aburrida, pasemos a pensar en qué ocurre cuando el error aparece. Situación fatal: un médico debe decidir por dónde cortar con un bisturí para aliviar o perjudicar una zona del cuerpo. Un milímetro más arriba supone la muerte. Un milímetro más abajo podría producir el mismo desenlace. ¿Qué hacer? Hallar el justo medio, ¿verdad? ¿Dónde se encuentra ese punto intermedio en nuestras vidas? ¿Perdido en el océano? ¿Cercano a nosotros?

El error es una creación del ser humano tras descubrir que es imperfecto. Unos creen que su repetición es algo sano y otros reflexionan para llegar a la conclusión de que no hay nada peor que llegar al punto de equivocarse.

En definitiva, el error es una falsa imagen que nos creamos para congratularnos por nuestra diferencia. El que apenas yerra sonríe cuando el que está a su lado no acierta. Es algo natural sentirnos superiores, pero al fin y al cabo da igual lo que acontezca: somos sombras mal diseñadas que se pierden según llega la noche y se escapa la luz.

Días de transición


Para muchos el hecho de no tener que trabajar supone un impedimento para su movilidad. Me explico. Hay trabajadores que van de un lado a otro y cuando llega el fin de semana se torturan. ¿Cómo es esa tortura? No consiste más que en pensar que no van a moverse continuamente. Esto síndrome tendrá un nombre científico, el cual lo desconozco.

Desde que llega la tarde del viernes, el trabajador busca alguna que otra distracción. A veces puede hallarse en la familia, en los hijos, en su mujer, en sus amigos… Pero cuando ha cumplido 30 años, puede que llegue el fatídico día: el sábado. ¿Qué hacer entonces?

Los amigos son la principal fuente de inspiración. Nadie lo duda. Pero si los amigos están más ocupados que el Presidente del Gobierno un lunes, ¿en qué puede distraerse? La lectura debería suponer un acomodo para su mente. Sin embargo, ¿hasta qué punto tiene ganas de leer? Por un momento, pongamos encima de la mesa el típico libro más vendido que por lo general presenta dos características: o el autor se ha explayado más de la cuenta o ha ocurrido todo lo contrario y el relato se lo termina el voraz lector en una tarde corta. ¿Empezar una historia que no le apetecerá leer a partir del lunes o quitarse el gusanillo con un cuento (incluso de niños)? Ninguna de las dos opciones.

Recurramos a Internet. Un paseo continuo por las páginas que le gustan es lo que puede realizar cada jornada laboral. ¿Qué valor añadido aporta esto en un fin de semana? Ninguno.

¿Tiene pareja nuestro trabajador? Pongamos que sí. “Venga cariño, vamos a dar una vuelta?”. Ella responde: “Sí, vamos a ver a mi madre y luego cenamos en el Bar X”. “Pero si eso ya lo hicimos ayer”. Da igual. Le toca desarrollar el mismo plan.

¿Escapadas de fin de semana? ¿Cuánto dinero hay en la caja de las sorpresas, ésa que te comenta de repente que es mejor no ahorrar para vacaciones y sí para el artículo determinado que te interesa porque lo necesitas para mañana?

En definitiva, su plan medio suele consistir en lo siguiente: levantarse a las 11 horas, poner la televisión, ver el correo electrónico, salir a comprar el periódico que viene con un suplemento, leerlo, comer, echarse la siesta, ya son las 19 horas y empiezan a televisar un programa deportivo, son las diez de la noche, programa entretenido de la televisión y el sábado se ha esfumado.

¿El domingo? Prácticamente lo mismo, salvo que no nos hallemos en verano y pueda acudir a algún acontecimiento deportivo.

Ésta es la realidad del pesimista aburrido. El guión cambiará con un golpe de suerte.

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