Un blog sobre política, deportes, viajes, cultura, sociedad… ¿Algo más?


Sigo sorprendiéndome por las recurrentes olas de calor y las críticas a cualquier medida gubernamental que pretende limitar (hasta cierto punto) el calentamiento global.

Por mucho que se tomen acciones en nuestro hogar, en nuestra vecindad o en nuestro pueblo, el cambio climático va más allá y no solamente me sorprenden la mentalidad capitalista que solo piensa en el crecimiento exacerbado (y no en el decrecimiento como punto a recurrir en el futuro) sino también las valoraciones parciales contra programas como ‘Madrid central’, que es un oasis diminuto en medio de un desierto extremo.

Cambiar el clima es un trabajo de todos y todo el sistema capitalista nos ha movido hacia consumir plástico, tejidos sintéticos o coches diesel trucados en sus emisiones. Por mucho que queramos aportar nuestro granito de arena, primero las alternativas deberían venir por limitar la contaminación a través de la energía global y después nos centraríamos en cómo bajar la polución de nuestro transporte o consumo interno. Aun así, vamos 25 años retrasados y solo algunas evidencias eventuales en la anterior década nos mostraron que lo que ahora vivimos y sufrimos no es más que la dejadez anterior.

Dicho lo cual, y tras ver en el cine “La última lección” que es una crítica muy negativa hacia nuestra batalla perdida en materias medioambientales y que nos lleva al desastre absoluto, ¿realmente nos queda alguna esperanza sobre nuestra vida en este planeta donde los países en vías de desarrollo seguirán creciendo sin control y con peores condiciones sociales auspiciadas por las primeras potencias? Todo irá a peor, todo. Los peores vaticinios nos esperan tranquilamente sobre un sofá mientras que creamos más carreteras, cortamos más árboles, producimos más plástico e inventamos más caminos con impacto ambiental.

Estamos ante una calle sin salida cuyas vías de escape nos devuelven al principio de la vía. El consumismo y el capitalismo, garantes del crecimiento económico y de la mejora de algunos ciudadanos, nos han atado y la llave está muy lejos de nuestro alcance.

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He intentado analizar detenidamente el último disco de Bruce Springsteen llamado ‘Western stars’ porque me costó aceptarlo. En todas las escuchas no he conseguido más que placer a ratos ejemplificado en un solo de violín intermedio en ‘Stones’, en algunos cambios de tonalidad de Bruce y en algún subidón entre un ejército de cuerdas sinfónicas. Expresar que este disco es un fiasco sería descabellado, pero tampoco nos encontramos ante una creatividad exagerada que posicione a Bruce en un punto más original de su carrera. Aun así, ¿qué esperamos? ¿Rabia contenida durante cinco años que sale sola en 2019? ¿Un estilo de cantautor de armónica y guitarra acústica a los 69 años? ¿Canciones desenfadadas para alegrarnos el día? ¿Canciones protesta contra alguien en especial? De esas preguntas apenas salen unos apuntes suaves de diversión, algo de cantautor y un pop ya escuchado en la época de 2008-2009. El disco trata sobre hallarse conduciendo solo en el desierto con la ventanilla bajada ante un ilimitado panorama desolador. La definición que Bruce busca no llega a destacar y por eso el resultado queda más insignificante de lo que nos gustaría. Todavía no he encontrado una respuesta a esta pregunta: ¿qué repercusión esperaba Bruce en su audiencia con ‘Western stars’? ¿Ninguna?

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Bruce impresionó al comienzo de su carrera con composiciones largas, solos variados y sinfonías rock. El mundo pop y radiofónico retiró esas secuencias de la radio y Bruce compuso gran parte de sus éxitos desde 1978 con una simplicidad excepcional la cual fue degenerando en melodías pesadas en varios cortes de este siglo (aún resuenan ‘The fuse’, ‘Let’s be friends’, ‘Harry’s place’, ‘Down in the hole’, ‘Rocky ground’, ‘Easy money’…). ¿Cuánta pesadez hay en el último disco? Bastante más de lo que me gustaría. Dos principales melodías o conjunto de acordes y repetición hasta que uno dice ‘basta’. ‘Hitch hikin’, ‘The wayfarer’, la repetición del estribillo cansino de ‘There goes my miracle’ y ‘Drive fast’ se llevan la mención especial a ese tedio que inspira un trozo del álbum, sin olvidar la recurrente melodía de ‘Your own worst enemy’ en ‘Chasin’ wild horses’, como así ocurrió con ‘Mary Mary’ y ‘Leah’. Muchos años en el mercado y no todos los temas son redondos… Es ley de vida, es comprensible pero, ¿por qué publicarlos?

Por suerte, estamos hablando de Bruce Springsteen, y aunque hay un corte a medio camino entre la contención y el olvido inmediato (‘Tucson train’), también se pueden sacar melodías preciosas y un sentimiento que emerge desde lo más profundo. Su voz resquebrajada y no siempre redonda nos lleva por momentos reseñables como la creciente ‘Western stars’, la escueta y sin alardes ‘Sleepy Joe’s cafe’, la bella ‘Sundown’ y la confesión preciosista en ‘Moonlight hotel’. Y por último, como nota sobresaliente, él nos regala la extremadamente corta y majestuosa ‘Somewhere North of Nashville’, la obra más intensa llamada ‘Stones’ y el ‘Everybody’s talking’ mejorado por Bruce en ‘Hello sunshine’.

En conclusión, disco definido, que nos deja en un punto de indefinición sobre lo que Bruce es y será. No se aleja del ‘Devil’s and dust’ ni del pop más tranquilo de ‘Magic’ y ‘Working on a dream’, mientras que cuesta encontrar semejanzas con ‘Wrecking ball’ y ‘High hopes’. Por ello, más allá de su estado de ánimo, Bruce sacó un disco para que varios temas viesen la luz, pero la pregunta era si realmente merecían tanto la pena como para cumplir con sus expectativas y las de sus aficionados. ‘Disco en 2020 con la E Street Band’, ese fue el mensaje más interesante que se ha escuchado en los últimos tiempos y ojalá se cumpla porque hay un vacío que ‘Western stars’ no llena y que a lo mejor no preocupa a Bruce en absoluto porque ha dominado el panorama musical del pop/rock durante la década de los 70 hasta los 80, y desde 1999 hasta 2016.


‘Put out to pasture’ o ‘memory chest’ diríamos en inglés. Del baúl de los recuerdos pertenecen estos textos que hoy inspeccioné en mi casa. Hay bastantes más. Eran comienzos de novelas que nunca terminaba porque siempre me presionó el tiempo, siempre necesitaba acabar todo cuanto antes. Algo que parecía una intentona o un esfuerzo me dejaba contento y satisfecho. Por eso, nunca he sido ni un escritor concienzudo y solo la obligatoriedad de los documentos largos me lastraban a una silla o a un sofá para rellenar los espacios en blanco de un blog o de un folio. Hoy, 15 de junio de 2019, casi con 35 años, voy a mostrar un inicio de novela que escribí con 10 años. Entonces, me definía de esta forma:

Autor del libro: Carlos Velasco

Diez años [hablamos de 1994 ó 1995], 143 cm. y unos 36 kilos. Estudiante en un colegio de Aranjuez (Madrid). Juega a todos los deportes y le encanta vestir como ‘Valdano’. “Me gusta escribir libros para una edad de 7 a 10 años como tengo yo. Este libro está dedicado a ti”.

No me extraña todo lo que escribí entonces. Arreglado y multifacético. Aquí comienza el extracto que redacté hace 25 años, que aparece poco revisado hoy y que no es más que un borrador, pero sí pertenece al baúl de los recuerdos y que se llamaba “La leyenda de los cinco hermanos africanos”…

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Prólogo

Si Gulliver no se metiera en las tareas de su amigo Young, no tendría tantos problemas en la familia, en el colegio, en los ratos de ocio y en su habitación que estaba llena de sueños.

Capítulo 1. El cariño de los amigos

Ya que Gulliver no estuvo con Young, quiso compartir su diversión con el compañero de Young, Tomuel, un argelino que nació en África y se crió en España antes de volver a Argelia.

– Hola, Tomuel, ¿tienes un rato para que hablemos de nuestras vidas?- preguntó Gulliver.

– Me temo que me tengo que ir a mi casa a jugar al parchís con mi hermana.

Gulliver echó la cabeza abajo. Nadie le quería dedicar un momento para charlar de sus cosas. Gulliver, a pesar de todo, no perdía la ilusión y en un rato divisó a su derecha a Young.

Young iba también con la cabeza agachada y encogido. Intentó preguntarle si estaba en mal estado y si le dolía la cabeza. Lo peor de todo fue que Young le miró pero no le dijo nada.

Gulliver se marchó a su casa sin pensarlo ya que nadie le miraba ni le decía nada.

En su casa vio que su padre estaba cultivando patatas. Su madre salió a ayudarle y por otro lado Young entró en la habitación de Gulliver para buscar un dato sobre Sociales. Gulliver subió hacía su habitación mientras seguía con su cabeza cabizbaja y sin un atisbo de risa en su cuerpo. Al llegar a la habitación lo primero que dijo Gulliver fue:

– ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no has ido a la cita, Young?

– Estoy buscando el clima de Marruecos.

Gulliver le miró muy fijamente a la cara y le echó de su habitación. Sin descanso, se posó sobre su edredón de lana y se echó a llorar. Estaba tristísimo, tanto que odiaba a todos los amigos que tenía en todo el mundo.

Young, mientras Gulliver lloraba sin cesar en su cama, se iba cabizbajo a su mansión.

Young era un chico estudioso a pesar de que sus notas eran de un bien y sus trabajos no eran muy vistosos y eso le preocupaba.

De pronto, tras la llegada de Young a su casa, llamaron al timbre. La madre de Young, Hieleri, miró por el ojal y vio a un chico con bigote, unas cuantas verrugas y con pecas. Hieleri abrió y era el hermano de Gulliver, Tamborter.

– ¿Está Young aquí?- preguntó Tamborter.

– Sí.

Tamborter pasó y contempló un jarrón desformado. Hieleri inspeccionó su propio jarrón y comprobó que estaba rajado en dos.

– ¿Quién ha sido el que lo ha roto?- preguntó Tamborter.

– Young, baja- fue la seca respuesta.

Young no estaba ahora ni en su habitación ni en otra parte de la casa. Estaba en el patio jugando con unos coches tan diminutos que eran como un escorpión. A su madre se le ocurrió salir al patio porque allí Young solía pasar sus ratos libres. Llegó y le llamó:

– ¿Has roto el jarrón de porcelana?

– Sí- contestó Young-. ¿Qué haces aquí, Tamborter, en estos momentos?

– Quiero que me des la hoja de…

Young estaba triste porque su madre le iba a pegar inmediatamente. En esos momentos pensaba en la paliza que su madre le dio en las vacaciones de Navidad. Le partió cinco dientes y le provocó una rotura en la rótula.

Young entregó la hoja que quería Tamborter y este último partió para su casa.

Solo habían pasado unos minutos cuando a Gulliver se le ocurrió ir a buscar a Tamborter a la calle. Él también necesitaba algo para sus deberes. Se encontró con su hermano y se dirigió hacia él.

– ¿Dónde vas?- inquirió Gulliver.

– Déjame en paz- fue la contestación de Tamborter.

Al día siguiente todos estos protagonistas, como amigos que eran, iban a ir a la Montaña Unubiertada donde se encontraba una cueva de porcelana que según los científicos los primitivos la construyeron. Tenía 50 metros de largo y unos 5 metros de ancho. También tenía un peligro notorio, pero todos ellos iban a sondearla primero antes de adentrarse.

Bloquear tu libertad


Uno es libre si hace lo que quiere. Está escrito en muchas constituciones. Sin embargo, las nuevas tecnologías se convierten en tremendas jaulas para nuestro cerebro.

Mediante la comunicación en este blog, que no deja de ser una red social, voy a intentar algo. A través de una famosa aplicación para bloquear los sitios o aplicaciones que consumen gran parte de tu tiempo, voy a intentar tardar mucho tiempo en revisar lo que ocurre en las redes sociales. Me he dejado la visualización y lectura de sitios de información periodísticos para mantenerme actualizado, pero evitaré las redes sociales más conocidas. ¿Cuánto durará mi censura y realmente estaré más o menos contento por ello?

Lo que tengo claro es que tras escribir sobre la locura de la inmediatez, voy a cerciorarme que las redes sociales no crean ningún tipo de alarma innecesaria.


Los ‘gillets jaunes’ están quejosos… Viendo estos precios extraídos de ‘francetvinfo.com’…

2019-05-20


Si las dos anteriores entradas con los monstruos más alucinantes que he subido (1-5 y 6-10) eran ya de por sí arbitrarias y algo polémicas, no lo será menos la que sigue ahora. Entramos en el mundo de los puertos de menos de 2.000 metros y ahí habría una multitud de discrepancias sobre cuáles son más o menos duros. A disfrutar esta lista:

11. Errozate: La estrella desconocida y escondida de la Irati Xtrem. En 2013 ya hablé en este blog sobre esta marcha navarra-francesa en dos entradas (primera y segunda), por lo que no me debería extender demasiado. Sólo decir que al liarla con el sillín (pobre principiante), creé una lesión de rodilla durante este “perro de presa” mientras que surcaba sus rampas del 10 al 19%. El ciclocomputador se volvía loco en esa carretera estrechísima donde uno no sabía bien hacia dónde iba. Si no fuese por el descansillo discontinuo al final, estaría a la altura del Angliru. Además, al colocar esta brutalidad en la mitad de la marcha, pierde cierto poder de castigo respecto a si estuviese en la recta final. Los números no engañan (10 km. al 9.6%) y está en la posición 3 de pendientes máximas de mi lista hasta el momento. Sin embargo, todo no es la pendiente, y esos 1.273 metros se me antojan insuficientes para elevar de categoría a este toro ya que la falta de oxígeno hace mucho. Desafortunadamente, no he encontrado fotos de mi conquista.

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12. Larrau: En la segunda entrada sobre la Irati Xtrem expuse lo que significó para mí el Larrau en 2013: ¡un suplicio! Leí en algún comentario un “Larrau, puf”. No me extraña que se expresasen así. Sus 15 km. no son ninguna broma. ¡No! Degüellan al cicloturista menos precavido. No hay tregua. Estamos ante el ‘Rey de los Pirineos’ según algunos. Desde que se toman los pertinentes desvíos, vemos el cielo de cerca muy pronto y eso merma nuestra resistencia. Los kilómetros enteros a más del 11% son como cuchillas que hacen sangrar. ¿Por qué lo dejé para la posición 12ª? Porque tiene un descansillo de tres kilómetros. Si no lo hubiese, Larrau estaría compartiendo puesto con el Gamoniteru, ¡seguro! Lo que uno debe superar hasta el Col de Erroymendi es lo más parecido a un infierno y si hace calor… uno estaría dentro del propio infierno cuando esa pendiente del 16% previa al descansillo nos tortura sin piedad. Gritar desesperado al coronarlo como se puede ver en el vídeo que adjunté en 2013 no me parece nada descabellado. Y pensar que Larrau por la cara sur no es más que un Navacerrada…

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13. La Gallina: El rey de La Purito. La puntilla, la que te hace ir mal en La Comella y en Cortals d’Encamp. La Vuelta de 2015 probó toda su crudeza tras intentar mostrarla hasta el Santuario en 2012 y 2013. Sin embargo, la cara de Fontaneda es la que te hará cacarear en tu subconsciente. Inevitable. Empieza exigente e incluso se permite el lujo de descender durante menos de un kilómetro para ir introduciéndote en un sendero asfaltado donde uno creerá que tiene suficientes fuerzas para exprimirse. ¡Pero no! Esos dos kilómetros entre pinos por una calzada de sólo un carril se tatuarán en tu piel, sobre todo en el 18% que te puede llegar a marcar el ciclocomputador. Luego no serás capaz de coger ritmo hasta los 1.900 metros de la coronación e irás con especial cuidado al descender por la también extrema cara gemela. Si lo subes con calor, como yo en 2016, atente a las consecuencias. Menos mal que la organización de La Purito es excelente, que si no…

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14. Ermita de Alba: ¿Qué hace un cuestón de casi 7 km. en el puesto 14? Pues bien, aún no me he atrevido a editar el vídeo de mi subida porque hay momentos en los que me quedo casi parado. En julio de 2015, antes de ir a Galicia a realizar una marcha que culminaba en el Muro de Ézaro, decidí realizar una parada en Asturias, la última hasta estas fechas (un sacrilegio a mi amor por Asturias). El objetivo era subir Lagos de Covadonga pero un retraso al recibir mi bicicleta impidió tal hecho y decidí parar en Pola de Lena de nuevo para, en poco más de 30 km., escalar la Cobertoria por el Cuchu Puercu (esto es, el Cordal más un sendero asfaltado con pendientes muy cambiantes y el último tramo de la Cobertoria este) y bajar a Santa Marina y Bárzana donde tomaría un desvío a la derecha para iniciar la cuesta de cabras que es la Ermita de Alba, la cual se estrenaría dos meses después en La Vuelta. No me pareció nada del otro mundo en los primeros compases, sinceramente, siempre entre un 10 y un 12%. Se podía llevar el 34×28 con soltura. Sin embargo, la estocada estaba en la segunda mitad al pasar Salcedo. Tanto es así que uno dudaba si sería capaz de no pararse en el resto de rampas. A pesar de que fue un día bastante seco, al llegar justo al final, donde hay hormigón rallado, mi rueda delantera hizo un extraño y tuve que poner pie a tierra. Daba igual, ya estaba arriba. Recomendable al 100% para deleitarse con el mundo rural asturiano y para saborear un 11% en 6.65 km. De tener dos kilómetros más… en el Olimpo de los Dioses.

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15. Monachil: Han pasado varios años desde que fuese descubierto para el gran público en las primeras ediciones del cambio de milenio en La Vuelta. Sin embargo, siempre sorprende cómo puede hacerse tan dura una vertiente donde hay un descansillo incluido. Verdaderamente no hay mucho tiempo para coger ritmo. Zarpazos al 15% por doquier y un escenario seco y amenazante con olivos de decorado. Con calor y sin viento no sé qué será esto… Justo antes de coronar El Purche uno piensa que ha terminado todo el sufrimiento pero la puntilla aparece justo después de un traicionero descenso. Esa recta que asoma al fondo es un infierno ya que llega hasta el 15%. Un espectáculo. El dúo Monachil-Hazallanas de 2013 en La Vuelta fue impresionante y en 2017 volverá a La Vuelta con culminación en el punto más alto que yo subí en 2016.

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Continuará…

 


Después de una primera entrada en la que mostré lo más de lo más en cuanto a puertos afrontados por estas dos patas madrileñas, ahora toca deslumbrar a los sentidos con otros cinco monstruos que bien podrían estar en la anterior clasificación. Los detalles para haberlos descartado son muy discutibles, por lo tanto, nos centraremos en describirlos con la misma pasión con que los ascendí en su día.

6. Sierra Nevada por Hazallanas y el Collado de las Sabinas: En La Vuelta de 2017 es presumible que realicen el mismo recorrido que yo probé en marzo de 2016. Entonces había nieve y en septiembre de 2017 no habrá más que calor. Desde Güejar-Sierra se inicia un Angliru a más del 9% con algunas rectas que quitan el hipo entre árboles de monte medio. Cuando quedan dos km. para el cruce con la carretera general, la pendiente disminuye hasta recuperar las pulsaciones. Horner dinamitó La Vuelta en 2013 con un ataque inolvidable nada más empezar la ascensión. Ya que entonces no hubo una apuesta por reventar la carrera subiendo por el Collado de las Sabinas, quise comprobar de primera mano cómo se las gastaba la vertiente. ¿Resultado? Pulsaciones muy altas ya que el 8-11% constante de ese tramo es espectacular dentro de un pinar en receso por la altitud. Al llegar a los 2.100 metros, toca estar expuesto a todo (calor, viento, oxígeno menguante…) y los descansillos no son suficientes para mitigar el esfuerzo que se prolonga mientras que descartamos las bajadas a Pradollano ya que el objetivo es Hoya de la Mora, a 2.500 m., prácticamente donde paré ante la acumulación de nieve. Seguir hasta el Veleta se me antoja muy exigente, lo que convertiría esta ascensión en la número 1 de mi lista. Los casi 3.400 m. de ese pico serían una locura que se repite cada último domingo de junio en la Sierra Nevada Límite.

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7. Roque de los Muchachos: La Palma es el lugar del mundo que más me ha gustado. Lo conocí gracias a mi periplo por las Islas Canarias. Tres viajes desde 2013 hasta 2015, dos por trabajo y uno por ocio, siempre en una jornada. Sabiendo que mi etapa en Gran Canaria estaba llegando a su fin, decidí inventarme un viaje estratosférico: salida en sábado a las 7:20 de la isla canariona, llegada a las 8:10 a “La Isla Bonita”, recorrido en coche por el cono sur, alquiler de bicicleta en Puerto Naos en el sudoeste, trayecto de nuevo en coche de este a oeste por el centro de la isla, llegada a la capital para dejar el coche en el puerto y subida y bajada al puerto hasta entonces más alto que había intentado, el Roque de los Muchachos (2.428 m.). Todo en un día, ya que el vuelo salía de vuelta en ese sábado 6 de junio a las 21:00 horas. No sólo salió todo perfecto, sino que puedo decir que fue lo más espectacular que nunca he osado hacer. Iba yo solo. ¿Y si me hubiese pasado algo tanto subiendo como bajando? Daba igual. Era la oportunidad de mi vida. ¿Ir desde Madrid a La Palma con lo que cuesta sin ser residente? Imposible. Era el día ‘d’ a la hora ‘h’.

Me hizo un día soñado, con nada de calor asfixiante y sin subes. No había quien se lo creyese. ¿Del puerto qué puedo decir? Que fue una lucha por la supervivencia hasta cierto punto: tres zumos tropicales de 33 cl y dos bidones de agua para 44 km. de ascensión con sólo tres y medio de bajada… ¡Apenas me llegaron a pasar 20 coches en los 90 km. de recorrido donde no se encuentra ningún núcleo urbano ni restaurante! ¡Qué experiencia! Salí desde el nivel del mar hasta coronar la cima superando una pendiente media ponderada de más del 6%. ¡Y no es la vertiente más dura, la de Garafía! Como en el Teide que había ascendido en marzo de 2015, hay arboleda de pinar hasta los 2.000 metros y paisaje lunar al final. El Mirador de los Andenes a 2.200 m. marca el final del puerto en sí durante los primeros 32 km. antes del descenso que hace bajar la pendiente. Al no soplarme viento y al no sufrir de calambres, puedo decir que me dolió menos que el Teide y eso que es notablemente más duro. Cuando uno toma el último desvío, afronta una pared rodeado de roca volcánica mientras que va dejando a un lado los observatorios astronómicos que tanto emocionan a los amantes del universo. La fotografía que me tomaron arriba se la envié a mi abuela por su nonagésimo primer cumpleaños. “¡Felicidades a mi Chatita”, rezaba la dedicatoria. Fue el último aniversario de ella. Hoy en día el marco está en mi mesilla de noche.

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8. Teide (desde Santa Cruz de Tenerife): Estaba atareado y aburrido en Gran Canaria, como siempre. De repente, me vino la idea a la cabeza: ¿y si un domingo a la mañana cojo el barco de Las Palmas de Gran Canaria a Santa Cruz de Tenerife con mi bici dentro para subir desde la capital chicharrera el descomunal Teide hasta el teleférico a más de 2.300 m.? Sí, no me iba a salir un % medio de escándalo, pero en las alturas de marzo se iba a hacer muy duro. En un día de calima zarpamos mis padres y yo, alquilamos un coche en el puerto y tiré por La Laguna, La Esperanza y demás hasta alcanzar el Puerto de Izaña. En total son 46 km. al 5%. Habría que decir el típico “ahora vas y lo cascas”.

No había tramos de especial mención, pero poco a poco se iba ganando altura y las piernas empezaban a necesitar muchos plátanos (cuatro entraron en el estómago durante la ascensión). Desde los 2.000 metros la corona forestal que me acompañó desde los 1.000 desapareció dejándome en un paisaje lunar donde el viento pretendía tirarme. Una vez tuve que poner el pie a tierra justo cuando los calambres y una ráfaga me diezmaron a 2.100 metros. Coronadas las antenas del Puerto de Izaña a más de 2.200 metros de altitud, tuve que bajar, no sin peligro provocado por el dios Eolo, hasta el cruce con la carretera que asciende desde Puerto de la Cruz (posiblemente la vertiente más dura en cuanto a %) y me encaminé a superar el último tercera al estilo Aprica en Italia donde lo más importante no eran los porcentajes sino la altitud, el disfrute de los escenarios naturales y la no aparición de los calambres. A apenas dos km. del destino final, justo por delante de una patrulla de la Guardia Civil, mis dos piernas se pusieron de acuerdo para aguarme la fiesta. “¿Estás bien?”, me preguntaron los oficiales. “Sí, tengo que terminar”, respondí. Y eso hice tras una bajadita de un km. El último esfuerzo fue de unos 600 m. para llegar al aparcamiento del teleférico atosigado por un 12% postrero. Vi a un Sky que coronó mientras que yo posaba para las pertinentes fotos. Jornada inolvidable.

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9. Tourmalet (ambas caras): Cuando cumplí 30 años, decidí regalarme la ascensión al Tourmalet por las dos caras. No las acometí en el mismo día debido a su dificultad extrema y a su colocación entre la Quebrantahuesos y L’Ariégeoise. La experiencia fue más que óptima en 2014 y nunca se me olvidará. ¿Qué decir de la vertiente este de La Mongie? Que es más corta, más preciosa y más concentrada en su dureza que la de Luz, la cual es más escénica, más constante y más alpina.

Empecemos por la primera de las mencionadas. Hasta que no llegamos a Gripp no recibimos las primeras pendientes agudas entre un bosque majestuoso donde la niebla fue protagonista en su día. La bici se queda estancada y eso que estamos hablando de números entre el 8 y el 11%. Cuando aparecen las galerías, entramos en un valle imponente donde corre el agua y todo se abre, hasta incluso el maillot porque la exigencia es total. Cuando La Mongie se asoma, sólo las referencias visuales disminuyen algo el pesar sobre las dos ruedas y es justo después de esa estación de esquí cuando pensamos que estamos construyendo nuestra propia historia como casi cada julio vemos en TV. Las incesantes curvas, los prados verdes y las rampas que no quieren bajar del 9-10% nos acompañan hasta esa escultura en honor a Octave Lapize, el primer corredor que coronó estos 2.115 metros en 1910.

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Por el otro lado, el de Luz-St.-Sauveur, hay segmentos más y menos duros, siendo la zona de Barèges y los últimos tres km. los que más se hacen notar al superar el 10% de forma más acusada y rondar los 2.000 m. Lo más desolador es que desde los 1.500 m. ves todo el final de la ascensión y eso produce desánimo si vas muy tocado. Me parece una vertiente de desgaste, con carretera mucho mejor asfaltada y más ancha, y no tan decisiva como la de La Mongie. Los números no engañan y el coeficiente de dureza es superior en la primera vertiente descrita. Sea como fuere, es un lugar de obligado paso por todo cicloturista que se sienta maravillado por las dos ruedas.

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10. Plateau de Beille: L’Ariégeoise es mi prueba preferida aunque en 2017 seguramente no pueda acudir, rompiendo así mi racha de tres participaciones seguidas. El hecho de que cada año cambien el recorrido es un aliciente extraordinario. En 2014 y en 2016 la marcha acabó en la monumental ascensión de Plateau de Beille. No es la más bella, no es la más dura, pero siempre deja un poso de dolor en las piernas sobre un asfalto que quiere dejar rodar a la bici pero donde no hay un suspiro muy continuado. Desde Les Cabannes tomamos un desvío para subir a la estación de esquí donde encontraremos como una mesa de Ocaña (salvando todas las diferencias de verdor) y algún lago. Quitando el primer kilómetro y los dos últimos, la prueba es sinceramente mayúscula durante sus 16 km. Uno tiene la sensación de que el descansillo mayor será un 8% y que no hay que quejarse. Imaginaos llegar allí con casi 3.000 metros de desnivel en las piernas y con el calor o humedad típicos de esta zona exuberante en verano. No puedo garantizar que haya una zona más exigente que otras. Recuerdo que en la mitad hay un segmento de hasta el 14%, pero tampoco lo diferenciaría mucho del resto. Este puerto no está más arriba de la lista porque no tiene la suficiente altitud para destronar a ‘cols’ más sonados.

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