Un blog sobre política, deportes, viajes, cultura, sociedad… ¿Algo más?


Si las dos anteriores entradas con los monstruos más alucinantes que he subido (1-5 y 6-10) eran ya de por sí arbitrarias y algo polémicas, no lo será menos la que sigue ahora. Entramos en el mundo de los puertos de menos de 2.000 metros y ahí habría una multitud de discrepancias sobre cuáles son más o menos duros. A disfrutar esta lista:

11. Errozate: La estrella desconocida y escondida de la Irati Xtrem. En 2013 ya hablé en este blog sobre esta marcha navarra-francesa en dos entradas (primera y segunda), por lo que no me debería extender demasiado. Sólo decir que al liarla con el sillín (pobre principiante), creé una lesión de rodilla durante este “perro de presa” mientras que surcaba sus rampas del 10 al 19%. El ciclocomputador se volvía loco en esa carretera estrechísima donde uno no sabía bien hacia dónde iba. Si no fuese por el descansillo discontinuo al final, estaría a la altura del Angliru. Además, al colocar esta brutalidad en la mitad de la marcha, pierde cierto poder de castigo respecto a si estuviese en la recta final. Los números no engañan (10 km. al 9.6%) y está en la posición 3 de pendientes máximas de mi lista hasta el momento. Sin embargo, todo no es la pendiente, y esos 1.273 metros se me antojan insuficientes para elevar de categoría a este toro ya que la falta de oxígeno hace mucho. Desafortunadamente, no he encontrado fotos de mi conquista.

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12. Larrau: En la segunda entrada sobre la Irati Xtrem expuse lo que significó para mí el Larrau en 2013: ¡un suplicio! Leí en algún comentario un “Larrau, puf”. No me extraña que se expresasen así. Sus 15 km. no son ninguna broma. ¡No! Degüellan al cicloturista menos precavido. No hay tregua. Estamos ante el ‘Rey de los Pirineos’ según algunos. Desde que se toman los pertinentes desvíos, vemos el cielo de cerca muy pronto y eso merma nuestra resistencia. Los kilómetros enteros a más del 11% son como cuchillas que hacen sangrar. ¿Por qué lo dejé para la posición 12ª? Porque tiene un descansillo de tres kilómetros. Si no lo hubiese, Larrau estaría compartiendo puesto con el Gamoniteru, ¡seguro! Lo que uno debe superar hasta el Col de Erroymendi es lo más parecido a un infierno y si hace calor… uno estaría dentro del propio infierno cuando esa pendiente del 16% previa al descansillo nos tortura sin piedad. Gritar desesperado al coronarlo como se puede ver en el vídeo que adjunté en 2013 no me parece nada descabellado. Y pensar que Larrau por la cara sur no es más que un Navacerrada…

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13. La Gallina: El rey de La Purito. La puntilla, la que te hace ir mal en La Comella y en Cortals d’Encamp. La Vuelta de 2015 probó toda su crudeza tras intentar mostrarla hasta el Santuario en 2012 y 2013. Sin embargo, la cara de Fontaneda es la que te hará cacarear en tu subconsciente. Inevitable. Empieza exigente e incluso se permite el lujo de descender durante menos de un kilómetro para ir introduciéndote en un sendero asfaltado donde uno creerá que tiene suficientes fuerzas para exprimirse. ¡Pero no! Esos dos kilómetros entre pinos por una calzada de sólo un carril se tatuarán en tu piel, sobre todo en el 18% que te puede llegar a marcar el ciclocomputador. Luego no serás capaz de coger ritmo hasta los 1.900 metros de la coronación e irás con especial cuidado al descender por la también extrema cara gemela. Si lo subes con calor, como yo en 2016, atente a las consecuencias. Menos mal que la organización de La Purito es excelente, que si no…

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14. Ermita de Alba: ¿Qué hace un cuestón de casi 7 km. en el puesto 14? Pues bien, aún no me he atrevido a editar el vídeo de mi subida porque hay momentos en los que me quedo casi parado. En julio de 2015, antes de ir a Galicia a realizar una marcha que culminaba en el Muro de Ézaro, decidí realizar una parada en Asturias, la última hasta estas fechas (un sacrilegio a mi amor por Asturias). El objetivo era subir Lagos de Covadonga pero un retraso al recibir mi bicicleta impidió tal hecho y decidí parar en Pola de Lena de nuevo para, en poco más de 30 km., escalar la Cobertoria por el Cuchu Puercu (esto es, el Cordal más un sendero asfaltado con pendientes muy cambiantes y el último tramo de la Cobertoria este) y bajar a Santa Marina y Bárzana donde tomaría un desvío a la derecha para iniciar la cuesta de cabras que es la Ermita de Alba, la cual se estrenaría dos meses después en La Vuelta. No me pareció nada del otro mundo en los primeros compases, sinceramente, siempre entre un 10 y un 12%. Se podía llevar el 34×28 con soltura. Sin embargo, la estocada estaba en la segunda mitad al pasar Salcedo. Tanto es así que uno dudaba si sería capaz de no pararse en el resto de rampas. A pesar de que fue un día bastante seco, al llegar justo al final, donde hay hormigón rallado, mi rueda delantera hizo un extraño y tuve que poner pie a tierra. Daba igual, ya estaba arriba. Recomendable al 100% para deleitarse con el mundo rural asturiano y para saborear un 11% en 6.65 km. De tener dos kilómetros más… en el Olimpo de los Dioses.

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15. Monachil: Han pasado varios años desde que fuese descubierto para el gran público en las primeras ediciones del cambio de milenio en La Vuelta. Sin embargo, siempre sorprende cómo puede hacerse tan dura una vertiente donde hay un descansillo incluido. Verdaderamente no hay mucho tiempo para coger ritmo. Zarpazos al 15% por doquier y un escenario seco y amenazante con olivos de decorado. Con calor y sin viento no sé qué será esto… Justo antes de coronar El Purche uno piensa que ha terminado todo el sufrimiento pero la puntilla aparece justo después de un traicionero descenso. Esa recta que asoma al fondo es un infierno ya que llega hasta el 15%. Un espectáculo. El dúo Monachil-Hazallanas de 2013 en La Vuelta fue impresionante y en 2017 volverá a La Vuelta con culminación en el punto más alto que yo subí en 2016.

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Continuará…

 

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Después de una primera entrada en la que mostré lo más de lo más en cuanto a puertos afrontados por estas dos patas madrileñas, ahora toca deslumbrar a los sentidos con otros cinco monstruos que bien podrían estar en la anterior clasificación. Los detalles para haberlos descartado son muy discutibles, por lo tanto, nos centraremos en describirlos con la misma pasión con que los ascendí en su día.

6. Sierra Nevada por Hazallanas y el Collado de las Sabinas: En La Vuelta de 2017 es presumible que realicen el mismo recorrido que yo probé en marzo de 2016. Entonces había nieve y en septiembre de 2017 no habrá más que calor. Desde Güejar-Sierra se inicia un Angliru a más del 9% con algunas rectas que quitan el hipo entre árboles de monte medio. Cuando quedan dos km. para el cruce con la carretera general, la pendiente disminuye hasta recuperar las pulsaciones. Horner dinamitó La Vuelta en 2013 con un ataque inolvidable nada más empezar la ascensión. Ya que entonces no hubo una apuesta por reventar la carrera subiendo por el Collado de las Sabinas, quise comprobar de primera mano cómo se las gastaba la vertiente. ¿Resultado? Pulsaciones muy altas ya que el 8-11% constante de ese tramo es espectacular dentro de un pinar en receso por la altitud. Al llegar a los 2.100 metros, toca estar expuesto a todo (calor, viento, oxígeno menguante…) y los descansillos no son suficientes para mitigar el esfuerzo que se prolonga mientras que descartamos las bajadas a Pradollano ya que el objetivo es Hoya de la Mora, a 2.500 m., prácticamente donde paré ante la acumulación de nieve. Seguir hasta el Veleta se me antoja muy exigente, lo que convertiría esta ascensión en la número 1 de mi lista. Los casi 3.400 m. de ese pico serían una locura que se repite cada último domingo de junio en la Sierra Nevada Límite.

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7. Roque de los Muchachos: La Palma es el lugar del mundo que más me ha gustado. Lo conocí gracias a mi periplo por las Islas Canarias. Tres viajes desde 2013 hasta 2015, dos por trabajo y uno por ocio, siempre en una jornada. Sabiendo que mi etapa en Gran Canaria estaba llegando a su fin, decidí inventarme un viaje estratosférico: salida en sábado a las 7:20 de la isla canariona, llegada a las 8:10 a “La Isla Bonita”, recorrido en coche por el cono sur, alquiler de bicicleta en Puerto Naos en el sudoeste, trayecto de nuevo en coche de este a oeste por el centro de la isla, llegada a la capital para dejar el coche en el puerto y subida y bajada al puerto hasta entonces más alto que había intentado, el Roque de los Muchachos (2.428 m.). Todo en un día, ya que el vuelo salía de vuelta en ese sábado 6 de junio a las 21:00 horas. No sólo salió todo perfecto, sino que puedo decir que fue lo más espectacular que nunca he osado hacer. Iba yo solo. ¿Y si me hubiese pasado algo tanto subiendo como bajando? Daba igual. Era la oportunidad de mi vida. ¿Ir desde Madrid a La Palma con lo que cuesta sin ser residente? Imposible. Era el día ‘d’ a la hora ‘h’.

Me hizo un día soñado, con nada de calor asfixiante y sin subes. No había quien se lo creyese. ¿Del puerto qué puedo decir? Que fue una lucha por la supervivencia hasta cierto punto: tres zumos tropicales de 33 cl y dos bidones de agua para 44 km. de ascensión con sólo tres y medio de bajada… ¡Apenas me llegaron a pasar 20 coches en los 90 km. de recorrido donde no se encuentra ningún núcleo urbano ni restaurante! ¡Qué experiencia! Salí desde el nivel del mar hasta coronar la cima superando una pendiente media ponderada de más del 6%. ¡Y no es la vertiente más dura, la de Garafía! Como en el Teide que había ascendido en marzo de 2015, hay arboleda de pinar hasta los 2.000 metros y paisaje lunar al final. El Mirador de los Andenes a 2.200 m. marca el final del puerto en sí durante los primeros 32 km. antes del descenso que hace bajar la pendiente. Al no soplarme viento y al no sufrir de calambres, puedo decir que me dolió menos que el Teide y eso que es notablemente más duro. Cuando uno toma el último desvío, afronta una pared rodeado de roca volcánica mientras que va dejando a un lado los observatorios astronómicos que tanto emocionan a los amantes del universo. La fotografía que me tomaron arriba se la envié a mi abuela por su nonagésimo primer cumpleaños. “¡Felicidades a mi Chatita”, rezaba la dedicatoria. Fue el último aniversario de ella. Hoy en día el marco está en mi mesilla de noche.

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8. Teide (desde Santa Cruz de Tenerife): Estaba atareado y aburrido en Gran Canaria, como siempre. De repente, me vino la idea a la cabeza: ¿y si un domingo a la mañana cojo el barco de Las Palmas de Gran Canaria a Santa Cruz de Tenerife con mi bici dentro para subir desde la capital chicharrera el descomunal Teide hasta el teleférico a más de 2.300 m.? Sí, no me iba a salir un % medio de escándalo, pero en las alturas de marzo se iba a hacer muy duro. En un día de calima zarpamos mis padres y yo, alquilamos un coche en el puerto y tiré por La Laguna, La Esperanza y demás hasta alcanzar el Puerto de Izaña. En total son 46 km. al 5%. Habría que decir el típico “ahora vas y lo cascas”.

No había tramos de especial mención, pero poco a poco se iba ganando altura y las piernas empezaban a necesitar muchos plátanos (cuatro entraron en el estómago durante la ascensión). Desde los 2.000 metros la corona forestal que me acompañó desde los 1.000 desapareció dejándome en un paisaje lunar donde el viento pretendía tirarme. Una vez tuve que poner el pie a tierra justo cuando los calambres y una ráfaga me diezmaron a 2.100 metros. Coronadas las antenas del Puerto de Izaña a más de 2.200 metros de altitud, tuve que bajar, no sin peligro provocado por el dios Eolo, hasta el cruce con la carretera que asciende desde Puerto de la Cruz (posiblemente la vertiente más dura en cuanto a %) y me encaminé a superar el último tercera al estilo Aprica en Italia donde lo más importante no eran los porcentajes sino la altitud, el disfrute de los escenarios naturales y la no aparición de los calambres. A apenas dos km. del destino final, justo por delante de una patrulla de la Guardia Civil, mis dos piernas se pusieron de acuerdo para aguarme la fiesta. “¿Estás bien?”, me preguntaron los oficiales. “Sí, tengo que terminar”, respondí. Y eso hice tras una bajadita de un km. El último esfuerzo fue de unos 600 m. para llegar al aparcamiento del teleférico atosigado por un 12% postrero. Vi a un Sky que coronó mientras que yo posaba para las pertinentes fotos. Jornada inolvidable.

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9. Tourmalet (ambas caras): Cuando cumplí 30 años, decidí regalarme la ascensión al Tourmalet por las dos caras. No las acometí en el mismo día debido a su dificultad extrema y a su colocación entre la Quebrantahuesos y L’Ariégeoise. La experiencia fue más que óptima en 2014 y nunca se me olvidará. ¿Qué decir de la vertiente este de La Mongie? Que es más corta, más preciosa y más concentrada en su dureza que la de Luz, la cual es más escénica, más constante y más alpina.

Empecemos por la primera de las mencionadas. Hasta que no llegamos a Gripp no recibimos las primeras pendientes agudas entre un bosque majestuoso donde la niebla fue protagonista en su día. La bici se queda estancada y eso que estamos hablando de números entre el 8 y el 11%. Cuando aparecen las galerías, entramos en un valle imponente donde corre el agua y todo se abre, hasta incluso el maillot porque la exigencia es total. Cuando La Mongie se asoma, sólo las referencias visuales disminuyen algo el pesar sobre las dos ruedas y es justo después de esa estación de esquí cuando pensamos que estamos construyendo nuestra propia historia como casi cada julio vemos en TV. Las incesantes curvas, los prados verdes y las rampas que no quieren bajar del 9-10% nos acompañan hasta esa escultura en honor a Octave Lapize, el primer corredor que coronó estos 2.115 metros en 1910.

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Por el otro lado, el de Luz-St.-Sauveur, hay segmentos más y menos duros, siendo la zona de Barèges y los últimos tres km. los que más se hacen notar al superar el 10% de forma más acusada y rondar los 2.000 m. Lo más desolador es que desde los 1.500 m. ves todo el final de la ascensión y eso produce desánimo si vas muy tocado. Me parece una vertiente de desgaste, con carretera mucho mejor asfaltada y más ancha, y no tan decisiva como la de La Mongie. Los números no engañan y el coeficiente de dureza es superior en la primera vertiente descrita. Sea como fuere, es un lugar de obligado paso por todo cicloturista que se sienta maravillado por las dos ruedas.

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10. Plateau de Beille: L’Ariégeoise es mi prueba preferida aunque en 2017 seguramente no pueda acudir, rompiendo así mi racha de tres participaciones seguidas. El hecho de que cada año cambien el recorrido es un aliciente extraordinario. En 2014 y en 2016 la marcha acabó en la monumental ascensión de Plateau de Beille. No es la más bella, no es la más dura, pero siempre deja un poso de dolor en las piernas sobre un asfalto que quiere dejar rodar a la bici pero donde no hay un suspiro muy continuado. Desde Les Cabannes tomamos un desvío para subir a la estación de esquí donde encontraremos como una mesa de Ocaña (salvando todas las diferencias de verdor) y algún lago. Quitando el primer kilómetro y los dos últimos, la prueba es sinceramente mayúscula durante sus 16 km. Uno tiene la sensación de que el descansillo mayor será un 8% y que no hay que quejarse. Imaginaos llegar allí con casi 3.000 metros de desnivel en las piernas y con el calor o humedad típicos de esta zona exuberante en verano. No puedo garantizar que haya una zona más exigente que otras. Recuerdo que en la mitad hay un segmento de hasta el 14%, pero tampoco lo diferenciaría mucho del resto. Este puerto no está más arriba de la lista porque no tiene la suficiente altitud para destronar a ‘cols’ más sonados.

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Tras un viaje ciclista a Italia, varios a los Pirineos franceses y múltiples por España, he escogido varios de los puertos más duros que he subido como colofón a 2016, tras seis años de retomar mi actividad ciclista. He intentado no dejarme llevar por el dolor de piernas o por las penurias que pasé en las ascensiones. Por ejemplo, tengo muy mal recuerdo de Plateau de Beille, La Cubilla, Larrau y Ancares por Pan do Zarco pero he buscado alejarme de esos parámetros muy subjetivos y también objetivos, como son el coeficiente de dureza y los porcentajes medios. La altitud a veces impone más que un 11% a 1.000 metros…

Disfrutad la lista tanto como yo la disfruté y sufrí subiéndola:

1. Mortirolo: En la marcha Santini Stelvio de 2016 nos indicaron subir por la vertiente más baja y más descomunal del mítico Mortirolo. Creo que sobran los calificativos. 11 kilómetros al 11 por cierto y un km. final con hormigón rallado en el que tienes que poner pie a tierra si vas en grupo para soportar el 23%. Es una lucha por seguir adelante entre un bosque frondoso que apenas deja ver el valle. Sin duda, en la marcha me quedé totalmente vacío tras bajarlo. Fue un aguijón con efecto medido que los ciclistas del Giro probaron por vez primera en 2012. 

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2. Stelvio: Sólo lo he probado por la cara de Bormio (la menos exigente), pero el coloso de 2.756 m. tiene un juez: los 2.200 metros. A partir de ahí, es cuestión de sobrevivir por el oxígeno renqueante y más si, como en la Santini Stelvio de 2016, lo afrontas tras 128 km. La parte inicial me recordó a puertos de Asturias como el Jitu de Escarandi, pero con carretera ancha. En http://www.altimetrias.net/aspbk/verPuertoW.asp?id=14 se puede apreciar cómo la clave desde el km. 15 no es otra más que sobrevivir a la altitud ya que no hay rampones, pero sí una ladera que vas surcando dejando el valle a la derecha (como el Jitu de Escarandi, precisamente). Ver cómo el final no llega es una sensación que se recrudece a más de 2.500 m. Además, la nieve acompaña hasta julio, lo que lo hace aún más precioso. Es la rúbrica especial para cualquier etapa que fue un mito en el Giro de 2012 cuando Purito no amarró la maglia rosa aún más ante el empuje de Hesjedal.

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3. Gamoniteiru: El coloso entre los colosos en Asturias. Ni Angliru ni Lagos ni nada. La combinación Cobertoria por Lena más carretera estrecha para vacas lo hace impresionante. ¡Más de un 9% en 15 km. y eso que hay descansillos! Sobran las palabras. Las rectas de la Cobertoria con buena carretera se pegan al superar los dobles dígitos y por la ausencia de sombras en verano. Después, hay incluso un tramo de hormigón en la carretera enjuta, momento a partir del cual uno siente que la gravedad le echa para atrás mientras que comprueba las preciosas laderas y los modelados kársticos donde pastan las vacas. Lo subí en 2014 después de descubrirlo gracias a Marce Montero en su web.

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4. Angliru: No sé si todo el mundo estará de acuerdo conmigo, pero el imponente rampón de Riosa no es el mayor infierno conocido en España. Eso sí, su 23% mandó mi pie izquierdo al suelo para mantener el equilibrio. El 34×28 no fue suficiente en ese momento a pesar de que no había lluvia ni estaba mojado. Casi todo el mundo conoce que es un puerto normal hasta Viapará y luego se convierte en un león muy fiero… a ratos. Hay momentos en los que hasta se va con buena cadencia si las pendientes se mantienen del 10 al 12%, pero las rampas más conocidas son las que sientan cátedra (Les Cabanes, Cobayos y Cueña Les Cabres), dejándote clavado y con la sensación de que descenderlo acarreará su peligro. Es uno de los puertos que uno debe visitar alguna vez y la combinación con Cobertoria más Cordal es suficiente para desarmar tu ácido láctico y preparación física. Son 7 km. donde tu resistencia y tu fortaleza mental te ponen a prueba, pero si se proyecta un punto de tranquilidad sobre la bici, se supera.

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El punto de pendiente máxima en la Cueña Les Cabres.

5. Pico de las Nieves: Quizás yo no sea justo con la majestuosidad de sus más de 1.800 metros de desnivel, pero aún la alta competición no nos la ha enseñado en su totalidad y no sabemos si los ocho km. impresionantes desde Pasadilla (o “Pesadilla” para los cicloturistas) hasta y después de Cazadores son tan decisivos como aparentan sobre el papel. En alguna pendiente parece que la bici no rueda, pero siempre aparece un mínimo descansillo del 10% que nos abraza, lo puedo asegurar después de haber ascendido tres veces por esta trampa en mis más de tres años de idilio grancanario. Tras unos 10 primeros km. que no son más que un puerto de primera al 6% desde Carrizal pasando y jadeando por las rectas de Ingenio, llegamos a Pasadilla para sufrir en nuestras carnes el 66% de un Angliru en 4 km. de primer nivel. Al llegar a Cazadores estamos a 1.200 metros de altitud y desde entonces hay terreno para sudar con pendientes punzantes por encima del 10% y alguna bajada salvadora sobre todo en la preciosa Caldera de los Marteles y en los tramos finales. Tomado el último cruce a 1.850 m., sólo es cuestión de dejarse llevar hasta las antenas y el quiosco donde nos avituallaremos de todo lo necesario. Si lo subes con nieve, el disfrute es mayor, como me ocurrió en febrero de 2016. Hay múltiples vertientes: desde el sur por San Bartolomé; desde el oeste por La Aldea tomando dos variantes (la más al sur podríamos considerarla como la carretera más peligrosa y puntiaguda de la isla); desde cualquier carretera del norte, desde Las Palmas por San Mateo; o desde Telde, la cual es un calco a la de Cazadores ya que se junta en esa diminuta población, sin embargo es un poco menos exigente aunque tenga la misma pendiente media al no contar con ese mini Angliru, sino con tramos más parecidos a un Larrau hasta Cazadores.

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Una de mis múltiples conquistas con el norte de la isla al fondo.


Es una pena cómo están los ríos Tajo y Jarama a su paso por Aranjuez. ¿Hay esperanza?

Un día pasado


Cuando sólo tenía unos 13 años me entusiasmó la clase de Música en el colegio. Como Springsteen con su cuaderno de canciones, yo escribía letras y creaba álbumes irrealizables. También eran imposibles las secuencias de acordes que colocaba en la misma página y que veía en discos como los de Blur. Así pensaba que cuando yo entendiese más de notas y de melodías podría tocar esas letras. Esto último aún no se ha podido descifrar, pero sí es factible el leer estos versos que mostraban como puros poemas lo que pasaba por mi cabeza. La mayor parte de mis letras eran en inglés, pero algunas en español han sobrevivido. Como este ‘Un día pasado’ que permanece en el cuaderno verde que siempre supe guardar en el baúl de los recuerdos.

Todo lo que sucede hoy pasó ayer

antes de caer este atardecer.

El cielo negro ladraba  al llover,

las nubes se movían como al correr.

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Todo lo que sucede hoy pasó ayer.

Los niños no nos vieron sucumbir

ante todo lo que quería hundir

esa amistad que no iba a caer.

¿Y cuándo fue?

¿Y cuándo nos viste tú?

¡Ay, destino madrugador

apaga la luz y transistor!

Y como un rostro apagado

esto fue un día pasado.

El pino piñonero (1)


¿Os animáis a dar una vuelta por vuestros parques y buscar (incluso en verano) piñones sueltos por el suelo para luego plantar pinos?

No soy botánico ni pretendo ser un aspirante. Me mueve la curiosidad y el deseo de recuperar una pequeñísima parte de la masa forestal del mundo.

Por ello, me he decantado por casualidad por un árbol llamado pino piñonero (pinus pinea). Un día andando comprobé que había piñones en el suelo y cogí varios. Entonces seguí este vídeo de Youtube:

Al comprobar que era tan sencillo, busqué más por mis alrededores y en total acumulé unos 150 piñones con cáscaras.

Debido a que regué demasiado a unos 30, se pudrieron y tuve que empezar de nuevo con otras semillas. Con un riego escaso en el primer mes de vida, han salido estos pinos que aparecen en las imágenes.

Espero la producción de unos 70 en los próximos seis meses. Según el vídeo, a los seis meses se pueden trasplantar ya a tierra, pero hay que tener especial cuidado con ese proceso regando lo mínimo y atendiendo a las raíces. Las mejores épocas para plantar son octubre-noviembre o febrero-marzo y habría que evitar el invierno más puro (diciembre y enero). La recolección de las piñas, por su parte, sería en octubre-noviembre.

Además, el sustrato elegido ha sido éste:

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Para más información y detalles, habría que visitar páginas como éstas:

¿Os animáis a dar una vuelta por vuestros parques y buscar (incluso en verano) estos piñones sueltos por el suelo? ¡Ánimo!


Después de que llevase tres años sin excesivos repuntes de creatividad o de inspiración, mi amor incoherente por la naturaleza ha provocado que vuelva a utilizar este blog que en su día nació como un recoveco de mis andanzas de baloncesto, políticas, poéticas o simplemente culturales.

Cada mes (antes cada verano) escuchamos que se han producido incendios intencionados. La masa forestal de nuestro país se comercia con una combustión premeditada que nos remueve el alma pero no nos levanta del sillón.

Tras hablar con amigos que saben que vivirán una parte de este siglo XXI y en el que afrontamos ya el cambio climático sin más que holgazanería, he decidido pasar a la acción, como muchos otros ciudadanos que nunca poseyeron un blog o quisiesen publicitarlo a los cuatro vientos.

Llevo un año promoviendo en mi entorno el cultivo de almendros, melocotoneros, guindos y pinos piñoneros. A partir de ahora, pasará a ser una de mis dedicaciones no sólo para llenar el tiempo sino para contribuir con unas escasas semillas para que en España haya ese verdor que nos conmueve y no pase a ese tremendo ocre que destroza el relieve del mundo.

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Es un solo paso, pero sé que ha habido múltiples pasos a lo largo de la historia y ante la inacción de los gobiernos es hora de ser eficientes con pocos recursos y crear vida desde las semillas.

Por eso esta sección se llama “Ecología para cambiar nuestro patio”, porque no pretendo más que variar con verdor un trocito de lo que entendemos como nuestro: nuestra tierra, nuestra región, nuestro país. Acciones locales que siempre pueden extenderse y causar movimientos ciudadanos como “cazar Pokemons”.

Esto es el principio del final de nuestra conformidad. Ahora toca plantar.

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